Che Guevara: la película que no fue

Es junio de 1956 (entre el 20 y el 24), Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara están en los separos de la prisión de Miguel Schultz, en la Colonia San Rafael.

 Han sido detenidos en el DF (ahora CDMX) por la policía mexicana en atención al régimen del dictador cubano Fulgencio Batista, que sabe que ambos conspiran contra su gobierno desde territorio nacional.

 Como describiera Paco Ignacio Taibo en su libro “Ernesto Guevara, también conocido como El Che”, ”la investigación en esta etapa se encuentra a cargo de Fernando Gutiérrez Barrios, un ex capitán del ejército mexicano de menos de 30 años, jefe de control de información de la Dirección Federal de Seguridad, la policía política de la Secretaría de Gobernación, órgano temido de un gobierno conservador, perseguidor de radicales y que no se caracterizaba por sus simpatías por los exiliados latinoamericanos”.

 La narración de Taibo es contundente: “Gutiérrez Barrios notó que se encontraba ante 'gente decente' y les dio un trato delicado 'para evitar una confrontación', los interrogatorios varían de la amabilidad a la brutalidad”.

 Y aunque el célebre escritor mexicano y actual director del Fondo de Cultura Económica (FCE) no da detalles del tipo de abusos hacia el guerrillero y el Comandante de la Revolución Cubana, otras fuentes aseguran que ambos fueron víctimas de los métodos persuasivos de Arturo “El Negro” Durazo (personaje del Olimpo criminal mexicano), tehuacanazo puro, golpes que no marcan el cuerpo pero cómo duelen, combinados con toques eléctricos en los testículos.

 Habría que imaginar al Che y a Castro gritando ante las vejaciones, golpes e insultos. Aguantando caña, como dicen los cubanos, sin quebrarse.

Habría que ver cómo reaccionaron cuando los preguntaron: ¿quién los financia, comunistas? ¿Por qué en México reclutan y entrenan guerrilleros? entre muchas cosas más.

 Esa, digamos, sería LA ESCENA de una gran película sobre el Che que hasta ahora no se ha filmado. 

 Porque no es resaltar un momento violento, sino un acontecimiento de suma relevancia del que bien a bien no se conoce qué pasó exactamente y de él derivaron la posterior caída de la dictadura de Batista, la consolidación de la Revolución Cubana y, muy después la suerte de dictadura de Fidel en el poder. 

Que metió ahí las manos para su liberación el ex Presidente Lázaro Cárdenas, que ni qué, que también ahí hubo mano del Presidente Adolfo Ruiz Cortínez, también. 

 El Che confesó en los separos que sí era comunista, que sí entrenaban guerrilleros en un rancho de Chalco, y que si pretendían derrocar a Batista. ¿Entonces...? 

 Gutiérrez Barrios, otro personaje del que no hay una buena biografía hasta hoy, se convirtió después en Secretario de Gobernación y en “contacto de peso” en la futura relación diplomática entre México y Cuba. 

 “Ya el incidente pasó y no quiero que deje huellas de resentimiento en los cubanos contra México. La prisión y el maltrato son gajes de nuestro oficio de luchadores”, declararía después Castro.

 En sí, esto se lee (y se interpreta) como un argumento cinematográfico que, pareciera, está olvidado en el fondo de un cajón.

 

Fuera de la sobresaliente película de Steven Soderbergh de 2008, dividida en dos partes: Che: El Argentino y Che: Guerrilla, que es la ficción más lograda sobre la mancuerna Che-Castro, la demás filmografía sobre ambos se resume a “recrear” lo ya recreado con lujo de detalle en cientos de biografías.

 Ahí sigue siendo pionera Che!, de Richard Fleischer (El Cantante de Jazz, Conan El Bárbaro), en la que Omar Sharif encarnó al argentino en un filme revisionista de la tensa relación con Fidel Castro en cuanto al plan de expandir su eco revolucionario en una entonces Latinoamérica plagada de dictadores. 

 A 54 años de su asesinato a malsalva en una escuela rural de Bolivia, en un operativo coordinado por la CIA, el Che Guevara es más que una figura a la que el séptimo arte le queda a deber.

 El paso del tiempo lo mantiene vivo porque nuevas generaciones siguen siendo tocadas por su espíritu y él, pareciera, los mira altivo como la foto “Guerrillero Heroico”, de Alberto Diaz “Korda”.

 

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