Nueva novela. Fabio Morábito y el hombre que fue condenado a leer

Hay un condenado a leer. Un hombre que, obligado a cumplir con trabajo social por un delito menor, tendrá que ir casa por casa, libros en mano, y hacer de la lectura en voz alta su boleto de liberación. Hasta acá, parece una manera de limpiar karma, salvo porque el hombre es un mal lector: no presta atención a lo que lee. Esta es la historia que propone El lector a domicilio (Gog & Magog), el libro de Fabio Morábito que llegó en esta primavera argentina. Al entrar un poco más en la trama, el protagonista dirá: “Me asignaron siete casas, la mayoría de ancianos y gente retirada”. Así, sus lectores serán los hermanos Jiménez, a los que les llevará Crimen y castigo, de Dostoievski, y será desde esa historia que uno de los ellos le dirá: “Usted no se fija en lo que lee, me he dado cuenta”. Luego, seguirá la familia de sordos Margó Benítez (que lo conectará con el deseo de la lectura), y así, una tarde le hará saber que no se fijó en el título del libro. Alcanzará con eso para qué él después vaya a buscar un ejemplar a una librería de usados. Pero la reprimenda, seguiría: “Vaya, usted es todo un caso, Eduardo. Cuando lee en voz alta no comprende lo que está leyendo, y cuando ve un título, se lo brinca”. Y un día aparecerá la poesía, que lo conectará con su padre, lector y recitador, que está por morir. Un libro sobre los libros, y de cuando aparece el placer por las historias.

"DESECHO MUCHO DE LO QUE ESCRIBO"

Poeta, autor de narrativa, investigador desde hace más de 30 años en la Universidad Nacional de México, también traductor. Sus libros recibieron más de una decena de premios y reconocimientos, entre ellos el Roger Caillios por su trayectoria. Cuentos, novelas como Emilio, los chistes y la muerte o Cuando las panteras no eran negras. Algunos de sus títulos de poesía: El verde más oculto y Un náufrago jamás se seca. Y en 2015, la recopilación y reescritura de Cuentos populares mexicanos. Fabio Morábito nació en Alejandría, Egipto, en 1955. Hombre de sesentas elegantes –en los hombros rectos, en la melena rulosa y proliija–, que conviven con su tono pausado, apenas detenido en un seseo –leve– con aires del DF. Dejó Egipto a los tres años, cuando sus padres italianos decidieron volver a Italia. A los 15, la familia se radicó en México. Pero Fabio no sabía nada de español, y como llegó en un momento en que las clases habían empezado, estaría nueve meses sin ir a la escuela. Pero tendría cerca una biblioteca con ejemplares en italiano. “Agradezco ahora –dice Morábito–, con la perspectiva del tiempo, esa doble migración. Y esa segunda, a un país al que yo agradezco eso, haber venido a México. Fue un buen golpe de suerte”.

-¿Cómo nació esta historia que ofrece capas de lecturas sobre la lectura?

-Empezó como un cuento breve que reproduce la primera parte, que es cuando Eduardo visita a esta pareja de hermanos rarísima, que le reprocha que no se involucra con lo que lee. El hecho de que él fuera un lector que no se involucrara con lo que leía, me hizo sentir que era un personaje que daba para más. Este lector que tiene una bella voz, lee obligado por un delito menor que ha cometido. Lo hace por obligación y no entiende lo que lee, y no le importa. Me parecía que eso le daba una sustancia particular. Y además, las visitas a los distintos oyentes. Fue importante la relación con el padre en un momento en que yo vivía una relación semejante. Mi padre en ese momento estaba muy enfermo, camino a morirse, y lo retraté tal cual como el padre de Eduardo. Tengo la sensación de que es un libro que se escribió solo y yo simplemente lo fui acompañando. De hecho, todas las noches, cuando me iba a dormir, se me ocurría algo con lo que empezar al día siguiente. Nunca supe para dónde iba y nunca se detuvo: el libro me fue guiando.

-En algún momento dijiste que es muy difícil escribir.

-Sí, lo decía por E. L. Doctorow, el escritor norteamericano. A la hora de escribir un justificante para su hijo, corregía como si fuese un poema hasta que su mujer se desesperó, se lo arrebató y escribió tres líneas. Me fascina esa anécdota. Sí, digo que es difícil escribir. Cuando digo que El lector a domicilio se escribió solo, no quiere decir que me fue fácil. Corregí mucho, pero la historia se me dio de manera natural. Esa sensación de que casi se me estaba dictando la historia. Por ejemplo, mi otra novela, Emilio, los chistes y la muerte fue una tortura, años. Tanto esa como esta, nacieron de un cuento. Creo que en el fondo son cuentos largos, más que novelas. Mi mente es más de cuentista que de novelista, no sé bien en qué se distingue la mente de un novelista del cuentista, pero me da esa sensación de que son cuentos que se han ido alargando, pero que siempre mantuvieron las características de cuento más que de novela.

-¿Cuento en el sentido de universo cerrado y no de la apertura o digresión de la novela?

-Sí, en el sentido de mucha economía, de evitar saltos innecesarios, como la novela se puede permitir saltos temporales, espaciales. Todo eso que la novela puede hacer con mucha soltura, cuando el cuento todavía está muy apegado a la estructura oral originaria. Es decir, una historia que se despliega de manera más o menos ordenada, lógica y que tiene claramente un desenlace sorpresivo, o si no sorpresivo, que cierra una serie de cabos que salieron bien. Es una sensación de mantener una tensión todo el tiempo, de no divagar. Creo que sí hay una diferencia. A veces puede que no sea muy perceptible, pero a la hora del ahora, uno siente esta distinción de oír un cuento, que no le permite perderse ni una línea, porque una línea mal leída hecha a perder la comprensión de todo el cuento. En cambio, la novela tiene como una especie de estómago que procesa y se corrige a sí misma. El cuento es más exigente, más cerebral, tienes que estar con todos los sentidos alerta porque no te permite regresar.

-¿Te interesa la tradición de lo oral en la narración?

-Bueno, no me interesaba hasta que me encargaron un libro que se publicó en el FCE, Cuentos populares mexicanos. Es un libro en el que yo reescribí unos 150 cuentos a partir de esas ficciones de tipo antropológico, a partir de redacciones muy crudas, primitivas, a veces incomprensibles. Es un trabajo que ha hecho mucha gente. La editorial Siruela, que me encargó ese trabajo, tiene una colección de muchos cuentos populares de muchas partes. El paso de la oralidad a lo escrito implica una cantidad de cambios estructurales impresionantes que uno va a aprendiendo sobre la marcha. Para mí fue un ejercicio interesante porque me hizo ver cómo la escritura tiene una serie de exigencias como no tiene la oralidad. La oralidad se puede dar el lujo de ser muy prolija, reiterativa, además de que siempre está acompañada de los gestos, la voz, eso es vital y el escritor no tiene acceso a ese repertorio y tiene que compensar eso a través de palabras y ese es el verdadero desafío de la escritura. Me enseñó mucho, me enfrenté a esa gran diferencia de narrar entre lo oral y lo escrito, que es muy muy grande.

El club de las lecturas eternas

En algún lugar de Ciudad de México, varios amigos escritores tienen un rito: se juntan a leer lo que están escribiendo. Lo hacen desde hace más de 30 años. Ahí, Morábito, su amigo el poeta Antonio Deltoro, también pasó Juan Villoro; mucha gente, varias décadas. Y a veces, autores de afuera, como Jorge Fondebrider. “Cada cual lleva su texto y leemos y se critica. Es la amistad lo que nos une, y eso hace que nuestros juicios sean más libres. Y a veces los hace más demoledores. Pero ha funcionado durante muchos años y se ha hecho famosa, creo que por eso”. Durante la pandemia la siguieron por Zoom y nació un “hijo de la tertulia” que es un cine club. Así, siempre las historias.

-Egipto, Milán, México, ¿hay un sentido de pertenencia en relación con el lugar donde uno está o la literatura es una tierra en sí?

-Creo que a mí me ha tocado eso de no sentirme parte. Es decir, es muy raro que en mis historias o poemas se haga mención de un lugar específico. Por ejemplo, en El lector a domicilio sí hay un lugar muy concreto que es Cuernavaca, pero que por alguna razón yo me sentí con la obligación de no mencionarlo por su nombre real y sí con su apodo. No sé, en muchos de mis cuentos los espacios son neutros, quiero decir, no hacen referencia a una región específica, con nombre, que podría pasar en cualquier lugar del mundo. Podría tener que ver con mi historia y con mis habilidades literarias, también. Cierta decantación del realismo y por lo tanto no me siento con la necesidad de situar en lugares concretos. Creo que las literaturas nacionales son cada vez menos interesantes.

-¿Por qué?

-¿Dónde está el toque argentino, mexicano o noruego? Corremos el riesgo de localizarlo en elementos puramente artificiales. Ahora que trabajé los cuentos populares, uno pensaría que esos cuentos de algún modo reflejan el alma del pueblo, la raíz, y para nada. Esos cuentos son internacionales. Encontramos mil versiones distintas de Hansel y Gretel. Por ejemplo, en el libro hay una versión tarasqueña de un estado tropical de México y la historia es idéntica: Hansel y Gretel metidos en clima tropical, que cambia por el clima, la comida, pero la historia es la misma. Seguramente antes de que recogieran esas historias los hermanos Grimm en Alemania, esa historia andaba migrado. Y en esos 150 cuentos que reescribí ahora, yo no podría decir de alguno: este es un cuento mexicano. Para nada. Ahí empiezo yo a entrar en confusión, ¿qué es el alma mexicana? Por eso me da un poco de desconfianza, por estos discursos políticos que se apoyan mucho en estas nociones. El alma de un pueblo, las raíces, respetar ese pasado que es nuestra identidad más pura. Ese discurso me pone muy nervioso. Porque además se ha probado históricamente que con mucha facilidad puede desembocar en nacionalismos exacerbados que luego llevan a cosas que ya conocemos.

 

 

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