La hispanidad: ¿debilidad o fortaleza?

Con motivo de la llegada de un nuevo 12 de octubre en este convulsionado 2021, resulta oportuno dedicar unos minutos a reflexionar en torno a lo que ha sido, es y puede ser -o dejar de ser- la hispanidad en los países de habla española, a ambos lados del Atlántico. Por tal palabra me refiero al sentido de pertenencia a una comunidad particular de personas, a partir del español como lengua común, que deriva de compartir, en múltiples ámbitos, “la misma experiencia, la misma historia, y siguen construyendo interacciones personales y sociales a partir de esa base común” (Ilan Stavans e Iván Jaksic, ¿Qué es la hispanidad?. Una conversación. Santiago, FCE, 2011, p. 35).

Y lo es, sobre todo, por las cada vez más estridentes condenas que contra la Hispanidad se lanzan desde la corrección política y el presentismo reaccionario, así como desde el oportunismo y el populismo practicado por altas autoridades de no pocos países del mundo hispanohablante.

La primera reflexión que podemos formular es en qué medida, por ignorancia o mala fe, adherimos desde México hasta Chile, las condenas y el repudio a nuestra tradición cultural común, la hispánica, desde el total desconocimiento de lo que fueron sus orígenes, evolución y logros.

Se aborrecen, sin conocerlos, la conquista de los territorios americanos por parte de la Monarquía española -en parte cruenta como lo fueron todas las conquistas, pero en parte también incruenta-, el orden institucional monárquico, que no colonial, establecido en el nuevo mundo para reconocer iguales derechos a todos los súbditos del reino, los valores centrados en el respeto a la persona humana que guiaron la empresa civilizatoria desarrollada en América por España -que explican por qué fue el mestizaje y no el exterminio, como ocurrió bajo el orden colonial británico, lo que derivó de ella- y, en especial, los beneficios que, en su contexto histórico, tales eventos generaron a las sociedades resultantes de ese “encuentro entre mundos”, durante los tres siglos  de existencia del Imperio español (idioma común, valores compartidos, paz, desarrollo, inclusión, etc.).

La información que se suele manejar sobre este tema, en general, deriva o de textos de educación básica, todavía impregnados de ideas independentistas, de fuentes sesgadas en su metodología de producción y propósitos por intereses ideológicos, o, en el mejor de los casos, de fuentes más rigurosas, pero que no informan sobre el problema de la leyenda negra española y, en cambio, emplean un lenguaje condenatorio hacia la acción hispánica en América, en casos con el fin velado de engrandecer las conquistas desarrolladas por otras tradiciones, como la británica o la francesa.

Si hay interés y se quiere abordar la temática con seriedad, para formular argumentos y propuestas útiles ante problemas actuales relativos a nuestra tradición común, abundan las fuentes idóneas a las cuales acudir para ampliar la mira y desarrollar una mejor comprensión sobre la Hispanidad, por cierto, libres de narrativas doradas, dogmas nacionalistas, confesionales o cerrados a reconocer los aportes de otras tradiciones, así como de la importancia de las tradiciones originarias de América.

Aquí una breve lista de algunas: de Ángel Bernardo Viso, Venezuela. Identidad y ruptura; de Carlos Rangel, Del buen salvaje al buen revolucionario; de María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y leyenda negra y Fracasología; de Alberto G. Ibáñez, La leyenda negra. Historia del odio a España; de Marcelo Gullo, Madre Patria; bajo la coordinación de Emilio Lamo de Espinoza, La disputa del pasado; de Iván Jaksic, El debate fundacional; de Alejandro Chafuén, Raíces Cristianas de la Economía de Libre Mercado, y bajo la coordinación de José Manuel Cerca, El Estado de Derecho en el Mundo Hispánico.

Una segunda reflexión que podemos compartir se vincula con los daños y obstáculos para el desarrollo, que padecen nuestras sociedades debido a la negativa relación con nuestro pasado, al que solo toleramos, en mayor o menor medida, a partir de las independencias, de la fragmentación del mundo hispánico común, y en ningún caso a partir del surgimiento de ese mundo común, que se lo suele despachar calificándolo como colonial.

Así como una persona no puede actuar, desarrollarse y alcanzar la plenitud si vive en permanente conflicto consigo misma, tampoco las sociedades pueden tener buenos resultados si están en pie de guerra con su pasado, con sus orígenes y con parte de lo que culturalmente las hace ser lo que son en términos morales, políticos, sociales, económicos y jurídicos.

El odio a la hispanidad, sea por influencia de la retórica independentista contra lo español, sea por la eficacia que desde el siglo XVII ha tenido la propaganda antihispánica desarrollada en Occidente por naciones rivales del antiguo Imperio español, y que pervive hasta nuestros días, es una pasión que nos carcome como individuos y sociedades, que nos llena de vergüenza, resentimiento y sed de venganza, al tiempo que nos paraliza en cualquier proyecto común a emprender.

Como bien lo expuso Andrés Oppenheimer en ¡Basta de Historias!, si algo ha permitido avanzar a otras sociedades en el mundo hacia estadios de desarrollo más avanzados, es que no se quedaron atascados, como nosotros, en sus episodios trágicos, violentos, de desgarramiento y daños del pasado, sino que aprendieron de ellos y lograron superarlos. De otro modo, no se explica que sociedades que promovieron conquistas, que fueron conquistados, que se entremataron en guerras internas, que propiciaron guerras mundiales, etc., hoy día sean importantes potencias mundiales.

No es la lengua española, los valores morales compartidos, las instituciones hispánicas que aún están presentes en nuestra organización política, el mestizaje y el pluralismo, que son parte del legado hispánico, lo que debilita en el presente a los países de habla española, y que los coloca en una situación de irrelevancia casi total ante el concierto de las naciones del mundo.

Por el contrario, es el desconocimiento del valor, vitalidad, potencialidad y utilidad de ese legado, de un lado, y el asumir como verdades absolutas exageraciones y falsedades sobre el supuesto carácter autoritario, violento, improductivo, supersticioso e intolerante de la cultura hispánica, de otro, lo que ha potenciado nuestro debilitamiento institucional interno y regional, dificultando avanzar de forma sostenida en la inclusión y la superación de la pobreza, y permitido que las más jóvenes generaciones estén, en muchos casos, avergonzadas y acomplejadas de ser hispanas.

Finalmente, una tercera reflexión que es impostergable hacer ante declaraciones recientes contra la hispanidad, como los expresados por los actuales presidentes de México y del Perú, y no hace mucho por Hugo Chávez, es en qué medida los hispanohablantes en España y América permitimos, sumisamente, que autoridades, académicos, líderes políticos y generadores de opinión en general, nos distraigan de los verdaderos problemas del presente, con la permanente alusión a supuestos crímenes del pasado, la deformación intencional de la historia para su uso ideológico y, lo más grave, con la exacerbación de la división y el odio entre conciudadanos.

No obstante ser una práctica condenada por los historiadores profesionales, son comunes los gobernantes, políticos y líderes de opinión que incurren en “presentismo” cada vez que les conviene subir en popularidad y aceptación, al aludir una y otra vez, desde la mala fe, al “horror” de la conquista española y las injusticias contra los habitantes originarios de América.

Es decir, se presentan como jueces morales de hechos que ocurrieron en el pasado, y también de otros que en realidad nunca ocurrieron, para condenarlos desde categorías morales o jurídicas -discriminación, genocidio, etc.- que apenas se reconocieron como obligatorias a partir de 1945, a raíz del nuevo orden mundial surgido con la creación de la ONU. Últimamente, ese presentismo ha dado lugar tanto en España como en América, bajo el eufemismo de “memoria histórica”, a la adopción de normas que imponen una única interpretación de la historia y prohíben, por “negacionismo”, toda otra interpretación, exponiendo a diversos tipos de sanciones a quienes las generen o apoyen.

Mientras los hispanohablantes seamos, en general, ignorantes de los aportes que entre los siglos XVI al XVIII generó la hispanidad en los ámbitos de la ciencia, la política, el derecho, la literatura, la teología y la economía, y de las respuestas incipientes pero bien orientadas que dio a problemáticas como la indígena, de discriminación a la mujer, de limitación y distribución territorial del poder, a los desafíos de la primera globalización, la generación de riqueza y solidaridad interterritorial entre los reinos hispánicos de América, entre otras, seremos una y otra vez víctimas de los diletantes, demagogos y populistas que, apoyados en la leyenda negra española, mucho ganan, en todo sentido, manteniendo sedados con la mentira a millones de personas en nuestros países.

A partir de las reflexiones precedentes, y considerando que, hoy por hoy, tanto en España como en varios países hispanoamericanos, como México, Venezuela, Perú y Chile, está en marcha un agresivo y deliberado proceso de socavamiento de la hispanidad en beneficio de ideologías colectivistas, identitarias y reaccionarias de distinto cuño, es imperativo que todas las personas que tenemos al español como lengua madre, nos preguntemos si nuestra tradición común es una debilidad, un fardo, un estorbo para nuestro desarrollo pleno e inclusivo, o si, más bien, es una fortaleza, un pilar, una base clave para que, junto a otros factores, nuestros países puedan integrarse, fortalecerse como bloque y avanzar de forma sostenida a etapas de mayor calidad de vida para sus habitantes.

No tengo duda alguna de que la hispanidad es para las veinte naciones hispanohablantes de América y para España una fortaleza, pues se trata de una tradición cultural valiosa, potente y que ahora es cuando tiene ideas, respuestas y soluciones que ofrecer no solo a sí mismas, sino a otras naciones, inmersas en un proceso de decadencia cultural que amenaza con subordinar al Occidente a otras tradiciones, no necesariamente más favorables a la persona humana.

Sin embargo, solo será posible aprovechar ese valor, esa potencia y esa capacidad de generar respuestas válidas y comunes, si nos hacemos responsables de conocer, sin prejuicios y odios, lo que fue la tradición hispánica, lo que antes, durante y luego de la conquista, hizo por el mundo que hoy habitamos, si logramos hacer el balance de las injusticias, los abusos y excesos, pero también de los aciertos, aportes, avances y beneficios que solo están presentes en nuestra tradición.

De tal empresa depende que, en algunos años, los países hispanohablantes logren hacer frente con éxito a problemas comunes, como la migración, la corrupción y la pobreza, y conformar un bloque de integración, intercambios, cooperación e inclusión desde el cual negociar entre sí y de forma común, como lo hace Europa, con otras potencias y socios del mundo, sin que ello implique negar las independencias y perder sus particularidades. O que, en cambio, pasen a ser, de hecho y cuidado si no de derecho, verdaderas colonias, de potencias no occidentales, en cuyos valores no están, en modo alguno, los aspectos humanistas que cimentaron la empresa civilizatoria hispánica en los territorios de América.

 

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