Relatos del Ombligo

Parte del discurso con el que tras la pérdida de México-Tenochtitlan los españoles comenzaron a borrar las huellas culturales de los antiguos mexicanos, y que se extiende hasta la actualidad, tiene que ver con las falsas y absurdas ideas de que los libros llegaron a nuestro país en barco y que los primeros en escribirse fueron los publicados por una imprenta. Aunque suene sorprendente, hay quienes todavía creen y afirman que antes de la llegada de los españoles al continente que nombraron América, en éste no existían la escritura ni la lectura, y aseguran que fueron los ibéricos quienes trajeron la religión; caray, como si Coatlicue, Huitzilopochtli o Quetzalcóatl no hubiesen sido adorados.

Mucho antes de que en 1511 Jerónimo de Aguilar, con un ejemplar de un breviario litúrgico, naufragara en las costas de la Península de Yucatán, los escribanos prehispánicos documentaban los acontecimientos en códices ( amoxtli), lo que llevó a que se construyeran bibliotecas ( amoxcalli) en las que esos escritos se catalogaron y organizaron para su consulta y memoria, una que con la llegada de los españoles fue borrada. Parte de la destrucción de la riqueza cultural y religiosa de las civilizaciones prehispánicas está en la devastación de sus bibliotecas y, con ello, en la pérdida absoluta de los libros que guardaban. Aquellos escritos contenían, además de la historia de los pueblos sometidos, un desglose de su estructura política, económica, religiosa y social, lo que no pasó desapercibido para varios frailes quienes, a pesar de que se interesaron en el contenido de los escritos y quedaron perplejos ante el conocimiento que plasmaban, fueron los primeros en encender las antorchas con las que los quemaron.

A partir de 1522, la llegada de europeos a México fue dándose cada vez en mayor número y, con ello, también la demanda de una serie de artículos y productos que del otro lado del Atlántico eran comunes, pero que aquí se consideraban bienes de lujo, ya que su costo se llegaba a quintuplicar. Así, el negocio de los ultramarinos comenzó a dar enormes ganancias a quienes mercaban vinos, jamones, turrones, quesos, o cualquier capricho que el dinero pudiera comprar, como los libros con los que los religiosos evangelizaban, los virreyes y su corte se entretenían y los estudiantes aprendían.

Para entonces, el conseguir un libro no era tarea sencilla y los derechos de la venta en México fueron otorgados, en 1525, a Juan Cromberger, hombre de origen alemán que formaba parte de una familia de impresores en España. Fray Juan de Zumárraga, al igual que el emperador Carlos V, solía hacer encargos de ediciones especiales a Cromberger, por lo que a iniciativa suya consiguió que fuera él el encargado de establecer en México una imprenta, lo que se llevó a cabo en la Casa de las Campanas, propiedad de Zumárraga, ubicada en la hoy calle Licenciado Primo de Verdad esquina con Moneda.

Cromberger decidió, desde España, confiar la empresa a un cajista (encargado de juntar y ordenar las letras para con ellas formar las palabras que se han de imprimir) de origen italiano, y de toda su confianza, llamado Giovanni Paoli, mejor conocido como Juan Pablos. Tras la muerte de Cromberger sus herederos no atendieron la imprenta como se esperaba por lo que las quejas ante el rey no se hicieron esperar. Finalmente, fue traspasada a Juan Pablos quien se dedicó a hacer libros en una Ciudad que no solo leía los que él imprimía.

Los lectores de entonces tenían más de una manera de hacerse de libros, una de ellas era aprovechar el viaje de un conocido y pedirle algún título, otra era hacer el pedido a uno de los varios mercaderes que cobraban por adelantado por llevar a la mano del lector las novedades literarias en Europa, lo que implicaba que la lectura era una actividad no sólo para quienes supieran leer, –pocos–, sino para quienes pudieran pagar por hacerlo; el libro era un artículo de lujo…¿era?

Imagina que el hyperloop se convirtiese en el medio de transporte más convencional

Son demasiadas las personas a las que no les alcanza el dinero para comprar siquiera una revista, menos un libro, pues de nadie son secretos los precios que hay que pagar por ellos. Entonces, le invito, lector, a que aproveche que hoy es el último día de la Feria Internacional del Libro en el Zócalo y no sólo se dé una vuelta por sus pasillos en los que encontrará descuentos, también acérquese a la Brigada para Leer en Libertad y a conocer más sobre la fantástica colección del FCE, 21 para el 21, cuyo costo ya está pagado, ¿sabe con qué?, con lo recuperado de lo robado.

 

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