El lector furtivo: Los Contemporáneos, el primer grupo

En los últimos años del porfiriato, el panorama intelectual del país era dominado por lo que se denominaba el grupo de los Científicos, identificados con la filosofía positivista. Un primer intento de renovación fue la creación del Ateneo de la Juventud, cuyas figuras más visibles eran José Vasconcelos, Alfonso Reyes y Enrique González Martínez, amparados en instituciones como la Escuela Nacional de Jurisprudencia y con la anuencia de las autoridades educativas del momento.

En medio de las convulsiones políticas del principio del siglo 20 mexicano, la vida intelectual del país exigía —finalmente eran tiempos revolucionarios—, un cambio generacional. Los diversos centros educativos de México, en particular la Escuela Nacional Preparatoria congregaba muchachos con una honda inquietud intelectual, que poco a poco conformaron  diversas iniciativas que desembocaron en la creación de la revista Contemporáneos, que terminó por darle nombre a una extraordinaria generación de poetas e intelectuales mexicanos, todos brillantes, ambiciosos y cosmopolitas. Jóvenes amantes de la literatura francesa que desarrollaron carrera como poetas, críticos literarios, funcionarios públicos y diplomáticos.

Desde la Escuela Nacional Preparatoria se dio la iniciativa de crear un Nuevo Ateneo de la Juventud, que inauguró los trabajos formales de esta grupo. Salvador Novo, fiel a su humor socarrón, llama a esta generación "la del cuello torcido", en referencia al “Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje”, genial verso de Enrique González Martínez que decreta la decadencia del modernismo -la propuesta literaria dominante de principios de siglo 20-. Torres Bodet los llamó en algún momento “Archipiélago de soledades” y Guillermo Sheridan en su genial libro Los contemporáneos ayer (FCE, 1985), los menciona como el “Grupo sin grupo”.

Jaime Torres Bodet es sin duda el protagonista de esta primera generación. Se empeñó, no sin argumentos, en ser líder de estos jóvenes. Al paso del tiempo, su obra y reconocimientos como diplomático y funcionario público, sobrepasaron con creces sus logros como poeta. Llegó a dirigir la mismísima Secretaría de Educación Pública prácticamente herencia de su mentor, José Vasconcelos.

Muy cerca de él, Bernardo Ortiz de Montellano, autor de "Segundo sueño", al parecer entregado a la docencia y al trabajo editorial en en la misma Secretaría.

Enrique González Rojo fue hijo de Enrique González Martínez, el ateneísta de la juventud a quien debemos los ya antes mencionado versos del cisne. Aunque su obra poética es poco conocida, Salvador Elizondo dice de él: “manejó con maestría todas las grandes innovaciones sin perder ninguna habilidad para emplear las formas tradicionales”.

Carlos Pellicer, nacido en Tabasco, se negó a romper del todo con el modernismo y desarrolló una lírica integradora y posmoderna.

Por último, José de Gorostiza es, de los cinco mencionados, el poeta  que cuenta con más reconocimiento gracias a "Muerte sin fin", uno de los títulos imprescindibles de la poesía mexicana.

 

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