El aplauso popular

¡Vuelve Sherlock Holmes! (Editorial Novaro, 1966), de Arthur Conan Doyle, es una compilación de doce relatos donde disfrutamos el modo en cómo resuelve asesinatos este famoso detective. Para ello, Sherlock tiene que afinar su mirada, su percepción. Dice en “El problema del puente de Thor” (pp. 10-11): “Hasta un asunto tan fútil como cocer un huevo requiere una atención que tenga conciencia del paso del tiempo”.

Su relato “Silver Blaze” tiene una línea (p. 115): “El curioso incidente del perro durante la noche”, que dio título, muchos años después, en 2003, a una novela que me encantó: El curioso incidente del perro a media noche, del escritor –también británico– Mark Haddon, un éxito como novela y como obra de teatro.

En “La aventura del pie del diablo” se redondea la personalidad de este célebre detective. Se habla de su (p. 265) “espíritu sombrío y cínico” para quien “el aplauso popular siempre era detestable”.

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En Río (FCE, 1998), de José Luis Rivas, un libro de un solo y largo poema, evidentemente autobiográfico, divido en numerales romanos, hay líneas poéticas memorables. Cito algunas. Escribe en VI (p. 24): “Y el hervor de los grillos/ destapa de una vez/ la olla de la noche”.

Cita Rivas en XLIV (p. 94): “En un principio, toda/ ebriedad es divina, dionisíaca”.

Escribe en XLV (pp. 97-98): “Y me imagino el río/ en mí mismo/ cruzando el colorado/ cañón del corazón”.

Y en XLVI (p. 101): “Y el sueño/ que creías perdido/ surca ahora aquel río/ y te despierta con un silbo”.

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Descartes en 20 minutos (Siglo XXI Editores, 1996), de Paul Strathern, recorre vida y obra de este filósofo en breves y sapientes páginas.

Dice Strathern que la obra de los filósofos griegos (el tríptico seminal: Sócrates, Platón y Aristóteles) fue adaptada, para que la aceptara la iglesia católica, por básicamente cuatro filósofos: Plotino de Alejandría, Agustín de Hipona, Averroes y Tomás de Aquino.

Pero ellos nada nuevo agregaron (p. 8): “Con este truco intelectual de magia se fundó la escolástica, como se denominó a la actividad filosófica durante la Edad Media y que, orgullosa de su falta de originalidad, pasó a ser la filosofía de la iglesia”.

Así (p. 9), “la filosofía permanecía empantanada en el escolasticismo; este llegó a su fin con Descartes, quien produjo una filosofía apta para la nueva época”; Descartes nació en 1596 y murió en 1650.

Al final (p. 57), “trece años después de su muerte, la iglesia católica honró la memoria de Descartes poniendo todas sus obras en el índice de libros prohibidos (asegurando así que se le seguiría leyendo durante años)”.

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Ni siquiera sabía que H. G. Wells había escrito La visita maravillosa (Editorial La Prensa, 1966), hasta que me la regaló mi amiga Linda Esquinca.

Para mí, Wells (Herbert George eran los nombres que ocultaban sus iniciales) es autor de dos clásicos que leí de joven: El hombre invisible y La guerra de los mundos. Ya con eso.

La visita maravillosa comienza con el avistamiento de un enorme pájaro que es cazado, en las páginas iniciales, por un vicario. No era un pájaro al que le hiere un ala, sino un ángel. Es un buen arranque, pero la novela se entretiene es describir las perplejidades del ángel con las cotidianidades humanas: la comida, el dolor, la muerte, las diferencias sociales entre los patrones y los sirvientes, la injusticia de la propiedad privada, etcétera.

Sirve, claro, para criticar nuestro mundo, que él se supone había soñado y no pensó que existía, lo mismo que nosotros, dice H. G., soñamos con los ángeles sin suponerlos de carne y hueso. La novela entretiene, aunque no es muy profunda.

Me llamó la atención el modo en que antes se medía el tiempo que se hacía de un tramo a otro, que ahora es impensable (p. 13): “Nueve leguas al interior de Siddermouth, a vuelo de cuervo”. A vuelo de cuervo, ¿alguien sabría ahora hacer ese cálculo?

Cuando el ángel cree de veras que el vicario es un hombre, esos seres mitológicos, exclama (p. 22): ¡Un hombre! […] ¡Un hombre envuelto en negras vestiduras y sin una pluma en su cuerpo! ¡No estaba, pues, equivocado!  ¡Estoy realmente en el País de los Sueños!”.

El ángel describe a los animales de este mundo (p. 26): “Un caballo o algo así… esos unicornios… ya sabe usted, sin cuernos… y una porción de esos grotescos animales panzudos llamados ‘vacas’ ”.

La acción ocurre en un tiempo específico (p. 35): “El 4 de agosto de 1895, estaba un Ángel, resplandeciente y bello, hablando con el vicario de Siddermorton, sobre la pluralidad de mundos”.

Pero este ángel es muy específico, también (p. 41): “El Ángel de esta historia es el Ángel del Arte, no el Ángel que sería una irreverencia tocar… ni el Ángel de los sentimientos religiosos, ni el Ángel de las creencias populares”.

La conclusión, después de no encajar en el mundo de los humanos, es obvia y la dice el vicario (p. 217): “Lo cierto es que este mundo no es para los ángeles”.

La novela tiene la gentileza con que los autores de antaño hablaban a los lectores, es decir, sabían que había alguien enfrente de la página del libro y no se hacían los desentendidos. Antes del final, que precipita al ángel, al vicario y a su sirvienta a una tragedia que los consume, H. G. Wells nos dice (p. 228): “Querido lector, la hora casi ha sonado ya de que nos despidamos de este vicario nuestro”.

Y sí, decimos adiós al vicario, al ángel, a la novela y a H. G.

 

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