La biosfera amenazada (I)

Iniciamos hoy una nueva serie para los lectores de Tribuna, intentando sintetizar los principales problemas que acosan al planeta Tierra. Es la biosfera amenazada. Una cuestión fundamental, si se recuerda la estrechura de ese espacio de vida en torno a la tierra, que estudió tan agudamente nuestro ecólogo Ramón Margalef. Sucesivamente, iremos estudiando los problemas principales de Gaia, el nombre griego de nuestro planeta: capa de ozono, destrucción de la Amazonia, desertificación acelerada en los bordes de las tierras áridas, gases de efecto invernadero, penuria de la educación ambiental y continuidad de la explosión demográfica.

 En el contexto de la conciencia ecológica sobre el Planeta Tierra, entramos hoy en las teorías sobre el calentamiento global y el cambio climático, que son, por así decirlo la última y significativa verificación del deterioro que la especie humana está causando al planeta Tierra. En un proceso nada simbiótico, sino más bien como colofón de deterioros anteriores, que se manifiestan en relación con los siete problemas capitales que aquí pasamos a considerar, y que son la síntesis de la  agresión de la humanidad desde el Neolítico (hace unos 10-12.000 años) contra la biosfera; que como recordaba Ramón Margalef en su libro del mismo nombre[1], es una capa bien estrecha, de no más de 50 kilómetros de espesor (subsuelo conocido, suelo y atmósfera), tan sólo el 0,9 por 100 del radio del planeta de 6.500 kilómetros. Espacio en el que se desenvuelve toda la vida, de miríadas de virus y bacterias y de millones de especies animales, vegetales y de otras órdenes, con el único input exterior de la energía solar[2]

Unas pocas referencias serán suficientes para constatar que no hay ningún tremendismo cuando hablamos de las amenazas que se ciernen sobre la biosfera. Como no hay demagogia, tampoco, al denunciar que todavía hoy —a pesar de tantos cambios dramáticos— se mantiene una especie de sensación colectiva de «ciudad alegre y confiada». Porque aún no ha habido el coraje colectivo de afrontar con todo el alcance que merece, el gran reto que significa el deterioro en curso.

Es cierto que con la desaparición, o al menos disminución, del riesgo nuclear, el planeta está ahora menos amenazado que durante la tensa primera mitad de la década de 1980, el tiempo del despliegue de los euromisiles de EE.UU. en Europa y de la réplica de la URSS en sentido inverso. Hasta que los presidentes Reagan y Gorbachov se dispusieron a negociar ese estado de cosas, con un primer punto de partida en su conferencia de Reikiavik de 1986[3]

Pero ese menor riesgo actual, puede ser muy pretencioso, pues 30 años, es bien poca cosa para un planeta de tan larga existencia hacia atrás, 4.500 millones de años, y con una humanidad cuyos antecedentes se remontan a no menos de cinco millones, según los últimos descubrimientos antropológicos. Y con una historia escrita de no menos de cinco milenios. 

De modo que, la amenaza global a la biosfera sigue ahí, y creciendo, pues a pesar de distensión Este-Oeste, persisten los almacenes atómicos, sin olvidar la proliferación nuclear de países ya con misiles de largo alcance, como sucede con Corea del Norte, Irán y otros. Pero lo más inquietante es que a todo eso se superpone la guerra a largo plazo destructora de la biosfera. Y lo que es más grave, sin indicios serios de que esté poniéndose verdadero y definitivo remedio; resultando que, seguramente, algunos de los peores males que nos acosan han devenido irreversibles. En esa dirección y por concretarlos en un numérico cabalístico, los siete problemas capitales a que hoy nos enfrentamos en materia macroecológica, son: 

El deterioro de la capa de ozono.

La destrucción de la Amazonia y de otros bosques húmedos tropicales en África y el Sudeste asiático.

Los arrasamientos forestales en la zona templada por la lluvia ácida y los incendios.

La desertificación acelerada de muchas tierras áridas.

Las contaminaciones humanas de la atmósfera, con la emisión de gases de invernadero y el calentamiento global.

La penuria de la educación ambiental que pesa como un agravante ubicuo[4].

La explosión demográfica, séptima amenaza, principio y fin de todas las demás. Y no tan minorizada como a veces se presume, lo cual hace revivir de tiempo en tiempo las ideas de Malthus. 

A propósito de los siete problemas capitales, fue Jay Forrester quien primeramente globalizó los deterioros en cuestión, al aplicar su teoría de sistemas al planeta Tierra. De forma que en su enunciado de los modelos Tierra I y II (1972), diseñados para el libro Los límites al crecimiento (el Informe de los Meadows hecho dentro del MIT para el Club de Roma[5]), se advirtió que en caso de no acometerse reformas básicas –como las que luego empezó a significar el Protocolo de Kioto—, pasaríamos del modelo convencional (T-I) a otro muy distinto (T-II), de ruptura total; con las consecuencias más dramáticas, convergentes con el pensamiento popular de que “la Madre naturaleza no perdona a quienes la agreden para destruirla”. Y que también se manifiesta en un dicho muy extendido entre los ecologistas creyentes: “Dios perdona siempre. El hombre, a veces. La Naturaleza, nunca”.

 No es tan difícil desmarcar los principales problemas que afectan a la Tierra, sean siete o 17. Pero ya resulta menos fácil explorar cuál es la razón de fondo de esa situación, cuyo impulso fundamental se estima ahora básicamente antrópico. Con un basamento teórico en lo que desde hace años, por lo menos desde 1992, yo denomino Segunda Ley de Malthus. 

Al respecto, vimos cómo en las sucesivas ediciones de su libro, hasta la quinta y última de 1805, Malthus refinó sus ideas, aceptando de buen grado que su propia ley no era tan inexorable, al seguir creciendo los rendimientos de la tierra por las nuevas tecnologías, y al apreciarse una cierta tendencia de disminución de la natalidad de los humanos, en función de la mejora de su renta y de sus condiciones de vida. Pero esas mejoras no tendrían un carácter indefinido, y no bastarían para evitar la necesidad de recurrir a la autolimitación voluntaria: las después tan tergiversadas como vituperadas prácticas maltusianas, o lo que hoy denominamos política de control demográfico. 

La primera Ley de Malthus opera actualmente de forma contundente en algunos países. Precisamente en aquellos en que la explosión demográfica –algunos de ellos aún con tasas medias de fecundidad de siete hijos por mujer— no se vio acompañada de avances técnicos suficientes para garantizar niveles de producción apropiados, empezando por la propia alimentación. Esto es lo que sucede en buena parte del Sahel, en el Cuerno de África (Eritrea, Etiopía, Somalia) y en todo el espacio subsahariano; como también en ciertas áreas de Asia meridional y de las naciones iberoamericanas. 

En todos esos territorios, la población de una forma u otra y con distinta intensidad, va por delante de los recursos alimentarios, siendo la razón de fondo las guerras civiles o las políticas desquiciadas; así como los efectos del propio cambio climático, de altas temperaturas, sequías, etc. De modo que las poblaciones afectadas viven o malviven, o a lo más perviven, merced al apoyo internacional. Ayudas que en el marasmo político y social que prevalece en las zonas aludidas[6], acaban siendo puro asistencialismo muchas veces estéril; pues lejos de potenciar las capacidades endógenas para el desarrollo, las deprime hacia situaciones mendicantes. Con serias dudas sobre sus pretendidos efectos positivos, por la pervivencia y exacerbación de factores como el despotismo, la ineficacia de las autoridades, la corrupción, etc.

 

Pero aparte de las zonas referidas, lo cierto es que las predicciones hechas en función de la Ley de Malthus no se han verificado: los avances tecnológicos fueron retrasando sine die los rendimientos decrecientes de la tierra con el triunfo definitivo del homo tecnologicus.

 Sin embargo, no cabe cantar victoria, pues a la hora de interpretar la primera Ley de Malthus, ya no es posible ceñirnos estrictamente a la cuestión de los alimentos, la más perentoria de las subsistencias, pues si no se come, no se puede vivir. Pero a largo plazo, tan preocupantes como las subsistencias son las situaciones que va creándose por la implacable agresión de los humanos a la biosfera, en términos de deforestación, erosión, contaminaciones, etc. Habiéndose desbordado la capacidad de autorregeneración y de autorrecuperación de la propia Naturaleza, con numerosas constataciones de ello. Como de manera destacada se observa periódicamente en los Informes Anuales del WWF, en los que se ve como nuestra huella ecológica ha sobrepasado la biocapacidad del planeta en un exceso creciente[7].

 Esa situación se corresponde con nuestra proposición de una Segunda Ley de Malthus. En otras palabras, si bien los 7.800 millones de habitantes de la Tierra tienen hoy, en su inmensa mayoría, suficiente para comer —aunque sea con dualismos de todas clases y hambre y malnutrición de 1.100 millones de personas—, lo cierto es que ese gigantesco stock demográfico, podría incidir de forma irreversible en la biosfera con los siete (o los 17) problemas capitales a que aludimos al principio de este artículo.

 La Segunda ley de Malthus se evidencia en términos de colmatación de la biocapacidad, causada por la presión humana, con su expansión demográfica y sus crecientes poderes tecnológicos de destrucción y contaminantes. Así las cosas, frente a la situación tradicional hasta la Revolución Industrial, de una demografía de lenta expansión y escasamente inductora de cambios ambientales, la humanosfera de hoy se ha hecho demasiado densa e impactante, desbordando las posibilidades regenerativas de la biosfera.

 Esas incidencias claramente antrópicas, se apreciaron a tiempo en el caso de la capa de ozono, deteriorada por la emisión a la atmósfera de clorofluorcarbonos (CFCs); y ya con mayores problemas, con los gases de efecto invernadero (GEI). También sucede que la contaminación y la sobrepesca en mares y Océanos, generan el recorte de los recursos marítimos. En tanto que la destrucción de los bosques húmedos tropicales significa pérdida de biodiversidad.

 Resulta, en definitiva que la autorregeneración espontánea del medio natural ya no es factible en su plenitud, y todo, o casi todo, se degrada. Porque los humanos continúan con su deterioro, por la expansión demográfica y los cada vez más poderosos instrumentos tecnológicos de que dispone la humanosfera.

 Se trata, pues, de que entremos en razón y nos percatemos de que el crecimiento no puede ser indefinido, y que en términos de población el modelo más razonable es el que ofrece la curva logística, tal como propuso Pierre François Verhulst (1804-1849), inspirándose en ciertas poblaciones no humanas.

 En otras palabras, se trata de que asumamos las lecciones que la biosfera va dándonos en su continuo deterioro. De modo que si frente a la primera ley de Malthus surgió el homo tecnologicus neutralizándola, si se quiere compensar la segunda, tendrá que generalizarse el homo ecologicus, el único capaz de frenar, en libertad, el reloj demográfico desactivando la bomba de población[8]; para abordar al mismo tiempo un gran cúmulo de tareas de mitigación del deterioro, recortándolo; y de adaptación introduciendo toda clase de nuevos instrumentos como las energías alternativas, etc.

 

 

Como siempre, los lectores de Tribuna podrán conectar con el autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net.

 

[1] Ramón Margalef, La Biosfera: entre la termodinámica y el juego, Editorial Omega, Barcelona, 1980.

[2] Sobre el tema, puede verse Joseph Goodavage —autor de un libro que tituló El planeta amenazado—, Storm on the Sun. How the Sun affects Life on Earth, Sphere Books, Londres, 1980. Precisamente, «El planeta amenazado» fue, también, el título del ciclo que dirigí en los cursos de verano de la Complutense en El Escorial (secretario del curso, David Rivas), en 1989.

[3] Sobre esa conferencia, se me permitirá dé nota aquí de una pequeña historia. Consistente que en el verano de 1986 viajamos a Islandia mi mujer, Carmen Prieto-Castro, nuestro hijo menor (Moncho), y yo mismo, para conocer los impresionantes paisajes de ínsula tan boreal. Nos alojamos en Reikiavik, en el Hotel Saga, y debido a algunas anomalías que padecimos, la dirección del establecimiento, para resarcirnos de ellas nos ofreció, al volver de una gira alrededor a la isla, una suite de por los menos 300 m2 a precio de habitación normal; con vistas impresionantes a la bahía. Y cuál no sería nuestra sorpresa cuando retornados a Madrid, vimos por la televisión, en aquellos nuestros salones espléndidos, con muy confortables tresillos y alfombras orientales, a Reagan y Gorvachov, conversando animadamente. Fue como si hubiéramos contribuido, con un pequeñísimo grano de arena a un importante avance en pro de la paz mundial.

[4] Precisamente, sobre este tema escribí un pequeño libro en 1982, editado por Editorial Nuestra Cultura, obra de la que me siento un tanto orgulloso; no por el texto en sí, sino más bien por las ilustraciones que osadamente hice yo mismo.

[5] Donnella H. Meadows, Dennis L. Meadows, Jorgen Randers y William W. Behrens III, The limits to growth. A report for the Club of Rome’s project on the predicament of mankind, Potomac, Londres, 1972. Existe versión española del Fondo de Cultura Económica, (Los límites del crecimiento, México, 1972)

[6] Cada vez son más (incluso el Papa Benedicto XVI) quienes se cuestionan la forma de prestar la ayuda Norte/Sur por los métodos convencionales que comportan, hasta límites inimaginables, la corrupción e ineficiencia.

[7] Planeta vivo, WWF, versión española, Universidad de Cali, 2006.

[8] 9.800 millones fue la propuesta de la Cuarta Conferencia Demográfica de El Cairo, 1994, septiembre.

 

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