La mano que habla: reflexiones sobre la economía en la postpandemia a partir de las nuevas tecnologí

A lo largo de la historia, la producción económica ha estado ligada estrechamente al trabajo manual. Este proceso se ha ido acentuando con el advenimiento del capitalismo. Hablar de economía era mayormente hablar de la relación del ser humano con el objeto y su transformación como bien de consumo. En los últimos años, esta imagen de la mano como producción automatizada ha comenzado a transformarse y, con el correr del tiempo, obtuvo múltiples usos, funciones y significados que anteriormente habían sido impensados. Aunque resulta un fenómeno reciente, el contexto de pandemia ha planteado diversos interrogantes en torno al uso de la mano en vinculación a las nuevas tecnologías, y es de esperar que nos enfrentemos a numerosos desafíos ante el crecimiento de la dimensión inmaterial de la economía y una mano que habla cada día más.

Introducción

Aunque nuestro principal instrumento[1] de comunicación es el habla, es sabido también que el cuerpo, en tanto universo simbólico culturalmente determinado, constituye un elemento fundamental para que las personas puedan expresarse. Indagar en su materialidad y el vínculo con la comunicación no es algo nuevo. Numerosos son los autores que lo han trabajado, siendo un tema hoy en boga (Agamben, 2017; Butler, 2017). No obstante, sólo una minoría se ha interesado específicamente por la mano. Tal vez Richard Sennett (2009) haya sido uno de los pocos intelectuales contemporáneos que le dio el lugar protagónico que se merece, vinculando esta extremidad del cuerpo con la cabeza y el papel competitivo o cooperativo de ambos instrumentos en las relaciones sociales. En su libro El artesano mostró cómo históricamente la mano ha sido crucial, tanto en el trabajo artesanal que requiere un aprendizaje implícito, como en la reproducción y la construcción simbólicas de la sociedad.

No cabe ninguna duda de que a lo largo de la historia la mano fue fundamental, ya sea por los trabajos manuales para los que se la utilizó y que supo aprender, para sobrevivir, matar, expresar sentimientos, dar cariño, realizar descubrimientos científicos, usar herramientas de forma experta, producir nuevas tecnologías o, como sigue sucediendo en la actualidad, para hablar.[2] Más allá de que la mano habla es una metáfora, no es menos cierto que hoy es uno de los instrumentos a través de los cuales más cosas decimos. En este sentido, aunque queremos hacer hincapié en que la mano ocupó un lugar central en distintos trabajos que existieron a lo largo del tiempo, nos damos el permiso de pensar que actualmente la constante y permanente conexión nutren una economía en gran medida inmaterial y, todavía más, en el contexto de la actual pandemia. En efecto, si bien los profundos cambios que tuvieron lugar en la economía y en la tecnología en las últimas décadas han acentuado el papel que le podemos dar a la mano, es claro que este proceso se aceleró notablemente con la irrupción del COVID-19. Basta con recuperar dos imágenes naturalizadas –o, en proceso de naturalización. La primera, aún con barbijos y respetando la distancia, en una estación de trenes puede observarse que la gran mayoría de las personas mira o toca las pantallas de dispositivos diversos, hecho que las conecta con otras –al menos virtualmente– a partir del uso de su mano; la segunda, el saludo con los puños o con los codos.

Sin querer brindar respuestas concluyentes, en este artículo pretendemos reflexionar sobre esta metáfora –“la mano que habla”–, las características que asume –algunas sustentadas con ejemplos históricos– y el lugar que, eventualmente, puede llegar a ocupar en la economía de la postpandemia. Para ello dividiremos el escrito en dos grandes partes. En un primer momento, haremos referencia a cómo fue “adaptándose” a las circunstancias cambiantes del tiempo y qué lugar ocupó para las ciencias sociales, particularmente para la economía; en un segundo momento analizaremos la vinculación entre la mano y las tecnologías digitales actualmente; por último, y a modo de cierre, reflexionaremos sobre el qué hacer, en términos generales, de la mano en la economía postpandemia.

 

La mano viene hablando hace tiempo: un recorrido en la historia y la economía

En su etapa primigenia, el ser humano tuvo que utilizar el ingenio para afrontar situaciones cambiantes –del ambiente natural, por ejemplo– y, por ende, buscar alternativas de subsistencia. La vida en comunidad y la cohesión grupal se tornaron necesarias para lograr esa situación. La mano jugó un papel fundamental: en los albores de la hominización, liberando las extremidades para poder trasladarse a mayores distancias y poder sujetar a los niños y niñas; posteriormente –con el surgimiento del género Homo– permitiendo cazar y sacarle mayor provecho a los alimentos mediante la utilización de herramientas y creando una industria lítica que, muchas veces, se ha considerado como el inicio de la “cultura”; y más adelante, con el Homo Sapiens Sapiens como única especie humana sobreviviente, acentuando el desarrollo de la motricidad fina que implicó una mayor sofisticación en las producciones artísticas y artesanales.

No obstante, en algunos casos, ciertos inventos que implicaron utilizar la mano como herramienta lejos estuvieron de encontrar una mejora colectiva y derivaron en diferenciaciones o confrontaciones. Por ejemplo, con el surgimiento de la agricultura –y el molino de mano– en la conocida “Revolución Neolítica”, la producción condujo a desigualdades sociales –y de género– tanto en la producción como en la apropiación de excedentes. En los encuentros entre diferentes etnias, la mano se tornó fundamental para dirimir disputas, utilizando desde rudimentarios proyectiles hasta armas más sofisticadas.

Asimismo, en la antigüedad la mano de obra esclava constituía un elemento clave sobre el que se garantizaba la subsistencia en el ámbito privado y permitía al resto de las personas ser libres. En la Edad Media –y particularmente durante el período feudal– un rasgo característico fue la “mano” de los siervos para la reproducción de una sociedad estamentalmente jerárquica. Fue durante los comienzos de la modernidad, y con la aventura de grandes viajes, que la mano no sólo sirvió para señalar el arribo –por ejemplo, de Europa– a nuevas tierras, sino también para sostener la cruz que evangelizara a las poblaciones encontradas. Ya más cercano en el tiempo, la mano como instrumento del capitalismo: tanto como fuerza productiva, como para contar dinero y capital.

Si estos ejemplos puntuales dan cuenta de la importancia que la mano –y, por añadidura, las extremidades– adquirió en diferentes contingencias, podemos preguntarnos: ¿cómo “habló” la mano en las ciencias sociales? ¿Qué lugar le fue asignado? Para aproximarnos a estos interrogantes, podemos sostener que el surgimiento de la cultura y la forma occidental de pensar en la Grecia antigua, así como también la invención del dinero, la cartografía y la imprenta, o de la propia ciencia moderna, son ejemplos históricos más que ilustrativos acerca de la mano que habla y de la inmensa capacidad de abstracción que posee el ser humano. Los griegos clásicos son referencia al respecto. De hecho, Aristóteles dedica una obra entera –De partibus animalium– para mostrar la correspondencia entre el desarrollo cognitivo y la perfección del trabajo manual.

Luego, con el surgimiento de la economía clásica y el liberalismo económico, una famosa referencia a la mano ha sido la brindada por Adam Smith en la segunda mitad del siglo XVIII. En ese caso se trataba de pensar en una mano invisible en el mercado, que parecía tener un espíritu cooperativo en las relaciones económicas. Esta teoría –que caló hondo en las disciplinas académicas y hasta en el sentido común, desde esa época y hasta la actualidad– relacionaba a la mano con el libre mercado como mecanismo autorregulador en el modo de producción capitalista. Desde este punto de vista, aunque muchas veces de modo imperceptible, en la economía existiría una mano que sostiene el sistema y que facilita que la sociedad en su conjunto obtenga su bienestar.

En cambio, lejos de esta visión más optimista, también es conocido que Marx en el siglo XIX –desde el materialismo histórico– asoció al capitalismo con el proceso de alienación, donde no sólo las manos, sino el cuerpo del ser humano en su totalidad, ha llegado a tal punto de explotación que se podría considerar un objeto y una mercancía más que se vende en el mercado por un salario socialmente determinado (Marx, 1844). Así, a lo sumo la mano podría referirse al proletariado que es utilizado como mano de obra explotada por la burguesía, al mismo tiempo que necesariamente debe presentarse escindido de los medios de producción que alguna vez le pertenecieron. Sin embargo, también sería solamente a través de la mano que se puede aportar un real valor en la jornada de trabajo, generando así la llamada plusvalía. La máquina sola no podría hacerlo.

De modo que la capacidad inventiva del ser humano es muy grande. En efecto, en los casos mencionados, la mano fue crucial, por más que en cierta medida sea propio del sentido común pensar que en todos estos casos las propuestas son realizadas con manos, al haber sido plasmadas en múltiples escritos. ¿No son ejemplos de que la mano viene hablando ya desde hace tiempo? Si bien los demás autores mencionados son cruciales, ¿los escritos de Marx no cambiaron el mundo o, al menos, pretendieron hacerlo? Su mano habló sobre las manos que trabajan, aunque también dio lugar a otras tantas manos que seguimos escribiendo, así como a otras manos que pretendieron y pretenden cambiar el mundo, siguiendo el deseo de construir y luchar por una realidad distinta.

La mano y las tecnologías digitales hoy

Incorporando matices a este análisis, como hemos sostenido, el desarrollo económico a lo largo de la historia en los distintos modos de producción se llevó adelante con las manos, aunque sin las tecnologías hoy disponibles, en todo caso con otras. No sólo eso, sino también –desde una perspectiva crítica– contribuyó a un saber que no solamente intenta conocer por el solo hecho de conocer e intentar explicar, describir y comprender, sino también controlar, clasificar, segmentar; en síntesis, construir determinado tipo de objetos: subjetividades individuales, colectivos identitarios o clasificaciones de las poblaciones, para segmentar y estratificar, tanto cualitativa como cuantitativamente, siendo la estadística una herramienta fundamental. Así, del estudio de la reproducción material y simbólica de la sociedad del siglo XIX y el siglo XX pasamos al estudio de la disciplina, el control[3] y la vigilancia, desde las últimas décadas del siglo XX. En este sentido podríamos preguntarnos si seguimos estando en el capitalismo conexionista al que, describiéndolo, refieren Boltanski y Chiapello (2002).

Ahora bien, como ya hemos mencionado, quizá resulte evidente que en los últimos años hemos estado viviendo una revolución científico-tecnológica que cabría preguntarse si se da o no en continuidad con las precedentes. Los algoritmos, la inteligencia artificial, el big data y el machine learning, entre otros fenómenos, por un lado suponen pasos agigantados en la manera en cómo, qué y cuánta información se procesa y, por otro lado, son una muestra de que incluso las máquinas se autonomizan de nosotros y nosotras, acontecimiento predicho desde la antigüedad.[4] Que las máquinas se autonomicen de nosotres también implica que construyen y deconstruyen la realidad, tanto natural como social, a costa nuestra: es una total matematización, una gran abstracción de “la realidad”. Y aunque Max Weber no llegó a concebir el mundo actual, ¿hablamos, tal vez, de una extrema racionalización en el sentido por él atribuido a esa noción?

Lo anterior no quiere decir que este proceso nos excluya como seres humanos, porque justamente es con nuestros cuerpos, nuestra mente y, especialmente, con nuestras manos que ese gigantesco acopio de información, algorítmicamente construido, es posible. Ya no sólo hacemos cosas con palabras, sino que las máquinas hacen con palabras, con códigos, etcétera, muchas veces ni siquiera a partir de dichos o escritos por nosotros y nosotras. Hasta una omisión de una propuesta publicitaria que llegue a cualquiera de nuestros dispositivos, por ejemplo, es un dato en sí mismo. En este sentido, estaría en lo cierto quien comience a suponer que la serie Black Mirror constituye un claro ejemplo de lo que queremos decir.

Estas reflexiones nos llevan a pensar que, tal vez, la mano que habla nunca lo hizo de una manera tan omnipresente y tajante como en la actualidad. El contexto de expansión de la COVID-19 a lo largo del planeta nos muestra diariamente el home office para quienes tienen esa opción; el classroom en todos los niveles educativos –desde niños y niñas de tres años hasta edades de cursada universitaria–; las reuniones virtuales por plataformas como Zoom o Meet; las transmisiones por YouTube; la validación de identidad por aplicativos de RENAPER, ANSES o AFIP; el seguimiento de casos de salud por telecomunicaciones; la venta en línea de cualquier producto sin movernos de casa… forman parte de una larga lista de ejemplos del avance de las tecnologías digitales y la transformación del rol de la mano en el mundo del trabajo.

Por ende, podría pensarse que desde que el ser humano descubrió el poder de su mano, la mano siempre habló, solo que el perfeccionamiento tecnológico hace posible nuestra realidad actual. Más allá de cualquier determinismo tecnológico, contingentemente estamos donde estamos y la reproducción material y simbólica de la sociedad hoy se alimenta frenéticamente de nuestros dedos entrelazados con los artefactos. Nuestra caja de herramientas al alcance de la mano es, posiblemente, infinita. La pregunta es para qué la utilizaremos, siempre y cuando podamos hacer algo al respecto. Creemos que ello aún es posible, de cara a la etapa postpandemia, porque además la pregunta acerca de nuestra libertad –pudiendo retomar nuevamente a Weber–, en este sentido profundo, a lo mejor hoy está en juego.

En la historia del pensamiento económico, social y político, preguntas similares se han formulado e intentado responder desde hace tiempo. Porque, por ejemplo, ¿es la misma la mano actual que la que durante gran parte de sus días realizaba trabajos manuales, hayan sido éstos estandarizados y rutinarios, o la mano experta y artesanal? ¿Qué es lo que cambia? Son preguntas que, aunque no podemos responder plenamente en este trabajo, nos permitimos formularlas, porque desde nuestro punto de vista cabe indagar sobre ello en futuras investigaciones.

En todo caso, de lo que sí tenemos cierta seguridad es que nos encontramos en una fase de profundización y aceleración de un tipo de capitalismo que se caracteriza, en términos generales, tal como habían descripto Boltanski y Chiapello, por la flexibilidad, el auge de las TIC y la conformación de una sociedad en red. Teniendo en cuenta lo anterior, y más en un contexto de pandemia y aislamiento social, entendemos que la mano asume un rol crucial. De esta forma, cuando decimos la mano que habla agregamos que, desde que el ser humano empezó a utilizar su mano como herramienta, la realidad adquirió crecientes grados de virtualidad: de modo que podríamos pensar que, desde aquel entonces, la realidad ya podría ser pensada como virtual.

Probablemente, la economía, la filosofía y las ciencias sociales abordaron de forma separada el papel de las manos y el papel de las palabras. Hoy estaríamos ante una realidad en la que –creemos– no es posible separarlas, dado que hablamos con las manos de forma permanente y, la mayoría de las veces, sin apenas percibirlo. Tal vez pueda pensarse que siempre fue así, o no. Sin embargo, hoy ello queda plasmado en nuestra constante relación con distintos dispositivos que están conectados de forma permanente. De hecho, muy posiblemente haya más dispositivos que personas en el mundo, por lo que quizá, al menos en promedio, pueda decirse que cada persona cuenta con más de un artefacto, de modo que conectados todo el tiempo enviamos signos y códigos, muchas veces sin pretender hacerlo y otras tantas sin hacer nada, es decir, estando inmóviles, en silencio y sin tocar ningún objeto: ello ya de por sí construye un dato en sí mismo y algún ente inmaterial –algún algoritmo– tal vez esté construyendo o deconstruyendo a cada sujeto o colectivo identitario del que forma parte, o a la población –local o mundial–, o brindando datos a otro algoritmo que reproducirá el mismo fenómeno. Y, luego, otro algoritmo posiblemente haga exactamente igual, en laberintos crecientes de virtualización y matematización de la realidad.

Desde que el ser humano aprendió, entre otras cosas, a usar la mano para construir una realidad distinta a la meramente natural, matar a otros seres vivos –humanos o no humanos– o realizar gestos –frente a los conocidos como a los desconocidos–, hasta la actualidad –que el mundo cabe en nuestras manos–, pasaron muchos miles de años y, más allá de los determinismos tecnológicos, pareciera que crecientemente la mano es una herramienta que condensa diversidad de saberes alcanzados y acumulados. Hoy con un clic estamos haciendo mucho más que nunca y asistimos a una economía que, si bien no es inmaterial en su totalidad ni mucho menos, sí tiene mucho de intangible. El cuestionamiento de esta economía basada en la mano no es tema de este trabajo, aunque sería interesante seguir indagando sobre ello. No obstante, pueden plantearse algunas discusiones de cara al futuro en el contexto de la actual pandemia y la economía que vendrá. Siempre con la limitación de que las condiciones actuales no permiten predecir demasiado, dado que nunca estuvimos en las mismas condiciones. No obstante, sí es necesario reflexionar sobre lo que podemos construir en los próximos meses, por no decir años.

 En la economía postpandemia, ¿la mano hablará?

Podría creerse que darle importancia a la mano que habla y su vinculación con una economía inmaterial sería restarle importancia a la economía real, principalmente a la producción industrial. Aunque interesa destacar que no es ese el propósito de asignarle tanta relevancia. Existen algunas razones para pensar que en el futuro la mano seguirá hablando en la economía.

Primero, porque creemos que una forma de que la Argentina reactive su economía será aprovechando las capacidades existentes, una vez que se vuelva a cierta “normalidad”, y que se puedan maximizar las ventajas que tiene el país en tantos rubros de la industria, sobre todo los vinculados a la tecnología. Segundo, a pesar de lo anterior, parece estar bastante claro que las industrias en todo el mundo están produciendo cada vez con menos de mano de obra producto del avance tecnológico, lo que da cuenta de un panorama desalentador en torno a la capacidad de generar empleo industrial, no solo por estas tierras. A pesar de ello, una planificación por parte de las autoridades –tanto nacionales como provinciales y municipales– será crucial para construir una agenda de desarrollo económico y distribución equitativa y novedosa de los ingresos, y que, entre otras cosas, no esté basada solamente en el crecimiento económico, sino que también contemple el cuidado del medio ambiente, ámbito en el que mucho está por hacerse. Tercero, no puede negarse que a nivel mundial las principales empresas tecnológicas hoy generan enormes ganancias, siendo noticia casi todos los días las desigualdades que se están construyendo, tal vez como nunca. De modo que nos interesa señalar que en los institutos de investigación, en las universidades argentinas, así como en el principal organismo de ciencia y técnica (CONICET) –aunque también en otros tantos entes estatales vinculados a la ciencia y la tecnología– existen recursos humanos y no humanos valiosísimos como para generar nuevas tecnologías en función de esta nueva economía que, al fin y al cabo, redunde en un beneficio de la población. Se pueden producir nuevas tecnologías para una –renovada– redistribución del ingreso más equitativa, aprovechando, por ejemplo, bases de datos situadas en distintos organismos del Estado.

Lo que queremos enfatizar es que podrían profundizarse los esfuerzos que tanto se hicieron en que nuestro país no tenga mucho que envidiar a algunos de los más avanzados en ciencia y tecnología. Mientras que las cosas se hagan bien, no a medio camino, de una manera lo más razonable y honesta posible y, sobre todo, resguardando las libertades, la Argentina podrá emprender y profundizar desarrollos tecnológicos, al mismo tiempo que cuidando el derecho a la privacidad de las personas.

Cuando realizamos una acción cooperativa, solemos decir “te doy una mano”. Cuando necesitamos un favor, pedimos que nos “den una mano”. La mano, como intentamos mostrar en este trabajo, puede ser utilizada para muchas cosas. En efecto, otra forma de ver el papel de la mano es en la economía del cuidado, fundamental en el futuro para salir de la profunda crisis que atravesamos. Lo que parece estar más o menos claro es que en la economía postpandemia las argentinas y los argentinos necesitaremos tender nuestras manos en pos de una mejora sustantiva de aquellos sectores que siempre estuvieron desprotegidos, pero que en el actual contexto saldrán muy perjudicados por las situaciones que estamos atravesando. Al fin de cuentas, nuestro interés es mostrar cómo las nuevas tecnologías –disruptivas muchas de ellas– pueden estar al servicio de una nueva economía que tenga como objetivo al desarrollo económico con una distribución equitativa de los ingresos –y, si fuese posible, de las riquezas–, fomentando así una mayor libertad y que todas y todos puedan desarrollar proyectos de vida y actividades según sus elecciones. A nuestro entender, para ello es necesario que la maquinaria científico tecnológica contribuya a estos objetivos, teniendo en cuenta que, de lo contrario, podría pensarse que esos recursos podrían estar siendo desaprovechados. Nuestras manos, entrelazadas en y con los diversos, múltiples y ubicuos dispositivos que transmiten infinidad de datos, pueden contribuir a transformar la realidad, más allá de las limitaciones actuales del contacto físico de nuestras manos y cuerpos.

 

Bibliografía

Agamben G (2017): El uso de los cuerpos. Buenos Aires, Adriana Hidalgo.

Boltanski L y E Chiapello (2002): El nuevo espíritu del capitalismo. Madrid, Akal.

Butler J (2017): Cuerpos aliados y lucha política. Hacia una teoría performativa de la asamblea. Barcelona, Paidós.

Deleuze G (1990): “Post–scriptum sobre las sociedades de control”. Polis. Revista latinoamericana, 13, 2006.

Durkheim E (1897): El suicidio. Buenos Aires, Coyoacán, 1997.

Foucault M (1979): Nacimiento de la biopolítica. Curso en el College de France. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2016.

Harman G (2015): Hacia el realismo especulativo. Buenos Aires, Caja Negra.

Hobbes T (2007): Leviatan. O la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.

Latour B (2008): Reensablar lo social. Una introducción a la teoría del actor-red. Buenos Aires, Manantial.

Latour B (2013): Investigación sobre los modos de existencia. Una antropología de los modernos. Buenos Aires, Paidós.

Locke J (2005): Segundo ensayo sobre el gobierno civil. Buenos Aires, Prometeo.

Marx K (1844): Manuscritos económicos y filosóficos de 1844. Editorial del Cardo, 2010, www.biblioteca.org.ar.

Rousseau JJ (2005): Discurso sobre el origen y fundamento de la desigualdad entre los hombres. Buenos Aires, Losada.

Rousseau JJ (2005): El contrato social. Buenos Aires, Losada.

Sennett R (2009): El artesano. Buenos Aires, Anagrama.

Smith A (1776): Investigación sobre la naturaleza y la causa de la riqueza de las naciones. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.

Weber M (1919): El político y el científico. Buenos Aires, Alianza, 2000.

[1] A lo largo del texto en algunos casos nos referiremos a la mano como instrumento y en otros como herramienta. A pesar de que pueda haber diferencias conceptuales, aquí damos el mismo significado a ambos términos.

[2] La vida de los otros (2006) es una muestra cinematográfica –en ese caso, siniestra– de la mano que habla: cómo la mano puede provocar el control más feroz. La búsqueda imparable de una máquina de escribir por el Ministerio para la Seguridad del Estado (STASI), el aparato de represión estatal de la República Democrática Alemana, pone en evidencia, aunque ya de forma tradicional, cómo la mano dice mucho. Más allá de que sea ficción, o justamente por ello, el ejemplo es más que válido.

[3] Aquí estamos apelando al famoso post-scriptum de Deleuze (1990).

[4] A la aclaración que ya realizamos en la nota 2, agregamos que en el texto utilizamos dispositivo, artefacto, herramienta y sustantivos similares para referirnos a las nuevas tecnologías que tenemos siempre a la mano. Sobre el análisis heideggeriano sobre el “ser a la mano” y su vinculación con los dispositivos –principalmente, las herramientas– véase Graham Harman (2015).

 

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