Juan Forn, un editor muy particular

No hay dudas de que la colección Rara Avis que el recordado Juan Forn (1959-2021) dirigió para Tusquets fue una de las mejores noticias que nos dio la industria editorial en mucho tiempo.

La elección de los títulos parecía estar en sintonía con su propia concepción de la escritura, ligada a la oralidad, donde las historias de vida tienen un lugar central tanto como la performance del narrador. Es que la vida de los escritores, el contexto histórico del que surgieron, es un plus de lectura que siempre lo fascinó, lo que se pone de manifiesto en la atención sobre esa zona donde termina la vida y empieza el arte: la cocina del escritor.

Los autores elegidos para esta “colección de autor” son todos escritores excéntricos (hay un ex-critor, una joven descendiendo en paracaídas del cielo moscovita, un viaje a los confines del mundo, otro a la ciudad prohibida y uno al interior del cerebro del autor) y sus libros resultan difíciles de clasificar en una categoría, en un momento de la industria editorial donde la segmentación −por géneros, por edades, por sexo− es cada vez más excluyente.

Y Forn, lector omnívoro y conocedor del fanatismo que las colecciones han despertado en los lectores argentinos −recordemos, entre tantos ejemplos, El Séptimo Círculo, los breviarios del Fondo de Cultura Económica, los amarillos de Panorama de Narrativas de Anagrama− se propuso ofrecer estos títulos a los lectores cómplices, como una suerte de regalo.

Paola Lucantis, editora de Tusquets, quien trabajó codo a codo con Forn en el armado de la colección, habló con Cultura y Libros de esta hermosa experiencia editorial.

−¿Cómo surgió esta colección?

−La idea original fue de Ignacio Iraola (director editorial de Planeta), que me preguntó a mí qué me parecía, se lo propusimos a Juan y él se tiró de cabeza, porque para él significó algo así como encontrar un lugar para sus caprichos, con esa marca suya importantísima de editor, con un altísimo criterio. La colección es una joya porque tiene todo un trabajo que se nota en el diseño de tapa, en la tipografía moderna, en las traducciones y, por supuesto, en los prólogos.

−¿Las contratapas que él escribía para Página 12 construyeron al lector ideal para esta colección?

−¡Claro! Y en paralelo, también fueron saliendo los tomos de los viernes y todo eso se retroalimentó. En sus columnas hablaba de libros que no estaban disponibles en el mercado y Rara Avis apuntaba a ese llamado de atención que proponía Juan sobre algunos nombres, ya que la idea era alimentar ese interés sobre estos autores. Para las traducciones fueron convocados escritores argentinos como Alejandro González que es el mejor traductor argentino del ruso.

−Estos rescates, estos hallazgos ¿dónde los buscaba, en su biblioteca mental?

−Algunos salieron de nuestro fondo editorial, como el de Leonardo Sciascia y el de Vasco Pratolini, que había sido publicado por Emecé. Pero la cabeza de él era un fondo editorial en sí misma. Él era absolutamente autodidacta y además leía muchísimo, estaba al tanto de todo lo que circulaba por el mundo. Era una persona dedicada a leer con una vida muy curiosa, ya que muchos años fuera de las corporaciones le dieron una libertad de lectura importante. Y en ese momento de su carrera tener un techo para sus caprichos, desligado de las cuestiones administrativas que eran tan engorrosas para él, fue −así lo dijo en alguna entrevista− como haberle dado un juguete.

−¿La elección de los títulos era consensuada con los editores o él tenía libertad absoluta?

−No, él los proponía y con Ignacio lo consensuábamos. Por ejemplo, Las malas fue un título muy discutido porque no teníamos pensado publicar escritores argentinos, salvo Adriana Lestido, una fotógrafa que, por ese motivo, entraba como rara avis. Pero Juan conoció a Camila en un festival y se interesó mucho en ese libro que ella estaba escribiendo en ese momento que, en verdad, es una bomba, y lo quiso incluir.

Pero ya había una tendencia en el mercado a traer autores de unas décadas atrás y no marearse tanto con las novedades, a poder rescatar autores muy valiosos que por esa cosa de las modas literarias terminan quedando invisibles. Algunos libros en esa sintonía, pero de otras editoriales, como Prohibido morir aquí o Stoner son perlitas que empezaron a dar vueltas a partir del 2014 y que permiten una relectura importante. Lo mismo pasó con la obra de Aurora Venturini. La revalorización de los buenos escritores es la apuesta. Ir en contra de los algoritmos, de los seguidores, pienso que ahí está el desafío.

−Vos nombraste dos editoriales independientes. Es notorio cómo las grandes empresas editoriales miran a las chiquitas.

−Sí. De alguna manera, fue como traer ese aire fresco a Tusquets, con autores consagrados que habían quedado olvidados.

−Las colecciones son como un objeto en sí y esta, en particular, lo es en cuanto al cuidado de las tapas. ¿Él también intervenía en el diseño, en la elección de la imagen?

−Siempre proponía fotos imposibles, lo cual era una pelea. Forn tenía una concepción global del libro, además de ser el autor de los prólogos.

−En cuanto a las traducciones, recuerdo que cuando se presentó la colección fue anunciado que se iban a hacer con los mejores traductores de acá. ¿Esto fue así, finalmente?

−Sí. El de Hunter Thompson lo tradujo Elvio Gandolfo, El forastero misterioso lo tradujo Esther Cross, René Leys fue para Marcelo Cohen, Moscú feliz y Mundos etéreos, Alejandro González y Trimalción lo tradujo el propio Juan.

−¿La colección va a continuar o Forn es irreemplazable?

−El llegó a editar once títulos. Quedó pendiente Mundos etéreos que va a salir en noviembre, sin prólogo, con la contratapa que escribió en su momento, pero la decisión es no continuarla, la colección termina acá. Vamos a respetar el último libro que teníamos contratado, que estaba por entrar en corrección. Y con este terminamos esta hermosa experiencia.

Su muerte fue un golpazo en el medio de todo esto. Pensá que hasta el último día habíamos estado buscando un libro, discutiendo, trabajando.

Y la colección es una obrita de arte que no tiene sentido seguir para que se convierta en una mala imitación. Cuando falleció Juan, después de acusar el golpe que nos dejó a todos devastados, hablamos mucho sobre qué íbamos a hacer y decidimos cerrar la colección con el último libro que él editó.

Promediaba el 2017 y el grupo Planeta anunciaba la salida de la colección con la que Forn dio rienda suelta a su ars legendi, donde, además de su amor por las literaturas eslavas, exhibió su predilección por aquellos autores olvidados, secretos, fuera del canon y por los textos que convirtieron a sus creadores en seres solitarios y obsesivos, en una especie de búsqueda de lo absoluto, así como de narradores afiebrados que involucran al lector en su vida.

Los dos primeros títulos fueron Crónica de mi familia, de Vasco Pratolini (el autor del guion de la película Rocco y sus hermanos, de Luchino Visconti), “un libro único, inclasificable, inmortal, y que por esas tres razones inicia esta colección” como anunciaba su editor. Escrito a espaldas del fervor popular por la caída de Mussolini, cuenta la historia de su familia y al mismo tiempo logra hablar del fascismo sin nombrarlo, y Anticonferencias, de Isidoro Blaisten, un autor diferente a todos, con una prosa dispersa y un humor desopilante, que siguió la suerte de muchos grandes escritores argentinos cuyos libros quedaron descatalogados y que el joven Forn, cuando trabajaba en Emecé, ya había intentado publicar, a pesar de su propio autor.

Le siguió Antártida negra, de la fotógrafa Adriana Lestido (una rara avis venida del campo de las imágenes), que escribió el diario del accidentado viaje que emprendió en busca del blanco absoluto (iba a instalarse en la base Esperanza, pero terminó en bahía Decepción, toda una metáfora) para recalar en una zona volcánica y peligrosa donde todo el paisaje era negro y su trabajo se tornó casi imposible.

Luego vino 44. El forastero misterioso, una novela de terror de Mark Twain que su autor no llegó a publicar por motivos bastante misteriosos, cuyo mismo tema, la llegada del diablo a un pueblo remoto, enfatizó el halo de misterio que la envolvió.

Viaje alrededor de mi cráneo, de Frigyes Karinthy, el libro que decidió a Oliver Sacks a estudiar neurología, fue escrito por un personaje notable de la movida mitteleuropea que relata, en primerísima primera persona (desde adentro de su cerebro), la operación a la que se sometió para extirparle un tumor maligno, mientras mandaba cada semana al diario de Budapest en el que era su periodista estrella (una suerte de Roberto Arlt húngaro) la crónica de esta riesgosa aventura que lo tuvo como protagonista.

Hunter, de E. Jean Caroll, es la mejor biografía escrita sobre el creador del periodismo gonzo, Hunter S. Thompson, hecha por su amiga personal y una de las mejores plumas que pasaron por el periodismo estadounidense, Elizabeth Jean Carroll, que en este caso inventa a una biógrafa-amante-secuestrada por su biografiado y arma un contrapunto impecable con los testimonios de muchos de los que compartieron su desquiciada y salvaje vida para terminar haciendo una auténtica “biografía gonza”.

Las malas, de Camila Sosa Villada, es el libro con el que su autora pasó a las ligas mayores y que, fuera de la línea que se había impuesto el propio Forn, decidió publicar, cuando escuchó hablar a la escritora y se encontró con una historia tan poderosa y contradictoria como “la furia y la fiesta de ser travesti”. Un verdadero cross a la mandíbula, pero quizás sea el único título que desentone un poco con el conjunto.

La desaparición de Majorana, de Leonardo Sciascia, es el relato de una tragedia personal y colectiva, la que llevó al físico italiano Ettore Majorana, una de las mentes científicas más brillantes de su época, quien había anticipado el desarrollo de la bomba atómica, a desaparecer, en el año 1938, sin dejar rastros y que encontró en la pluma exquisita de Sciascia (“unas páginas tan bien escritas, tan llenas de inteligencia y belleza y verdad”) al interlocutor perfecto para intentar dilucidar este enigma ético.

Moscú feliz, de Andréi Platónov, es un libro que circuló en forma clandestina en su país hasta la llegada de la Perestroika, porque su autor −uno de los tantos que cayó en desgracia a los ojos de Stalin− jamás pudo publicar un solo texto, ya que no pudo doblegar la potencia de una prosa que quiso ensalzar la nueva realidad soviética, pero desbordaba anarquía en la construcción de sus personajes, según las palabras de su protector Máximo Gorki.

Trimalción, de F. Scott Fitzgerald, es la primera versión de lo que terminó siendo, gracias a la muñeca de su editor, Maxwell Perkins, El gran Gatsby, tal como le hubiera gustado a su autor y a los fanáticos de Fitzgerald, quienes añoraron más información sobre el protagonista, la misma que encontrarán en Trimalción, junto con ese toque de genialidad propio de este autor y traducida por el mismo Forn.

René Leys, de Víctor Segalen. es el relato alucinado de la pasión de su autor, un médico francés, por el enigma que para los occidentales representa China y la relación que estableció con su maestro belga René Leys, quien le fue develando los secretos que encerraba la Ciudad Prohibida de Pekín, para descubrir, en ese viaje a las antípodas, que China no es más que el otro esencial de Occidente.

El último libro de la serie, Mundos etéreos, de Tatiana Tostaya, que ya se encontraba listo al momento de morir su editor y que la editorial piensa sacar en noviembre, completa este conjunto de títulos pensados como el mejor regalo que un lector apasionado puede hacerles a la cofradía de sus pares.

Y la decisión de los editores de no continuar con la colección resulta el mejor epílogo para un puñado de prólogos geniales. Dentro de algunos años, los lectores ávidos estaremos recorriendo las librerías de usados en busca de los libros de Rara Avis. Un destino que solo alcanzan los clásicos.

 

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