El hechizo cadavérico

A la memoria de Ricardo Morales López

Tanto el ambiente tenebroso de los cementerios como el de los anfiteatros forenses han atraído el interés de los pintores, escultores, fotógrafos y cineastas. Hay cadáveres en dibujos y pinturas de Leonardo da Vinci, Rembrandt y Géricault, para citar a los más afamados. Da Vinci dejó bocetos anatómicos de hombres y mujeres. Rembrandt pintó la Lección de anatomía del doctor Nicolaes Tulp (1632). Géricault hizo apuntes de restos humanos en un anfiteatro para plasmar en La balsa de la Medusa (1812) la antropofagia de los marinos sobrevivientes.

Durante los siglos XVIII y XIX prosperó un voraz comercio de cadáveres. Saqueadores de panteones vendían cuerpos a cirujanos, estudiantes, médicos y anatomistas, una práctica que obligó a reforzar la vigilancia de los cementerios y a blindar los ataúdes o enterrarlos en fosas profundas selladas con cemento. Esta zozobra dio origen a El ladrón de cadáveres (1885), el cuento de Robert Louis Stevenson, y al escalofriante Diario de un resurreccionista (1896), de James Blake Bailey.

A PARTIR DE 1878, los médicos del anfiteatro del Hospital Juárez fueron los encargados de realizar las autopsias oficiales y los fotógrafos del Ayuntamiento de la Ciudad de México retrataban los cadáveres, según el sistema de identificación y fotografía del francés Alphonse Bertillon.

En 1897 llegaron dos cuerpos a las planchas del Juárez: el de la prostituta Esperanza Gutiérrez, apodada La Malagueña, y el del bohemio Arnulfo Arroyo, quien supuestamente atentó contra la vida del dictador Porfirio Díaz. En una visita insólita, el lunes 8 de marzo arribaron al hospital el prestigiado escultor Jesús F. Contreras, mimado del régimen porfirista, y el escritor Federico Gamboa.

Luego de aproximarse a La Malagueña, ya colocada en la plancha, el escritor apuntó en su diario: “Tan emocionado como yo, púsose Jesús á dibujar un croquis á lápiz, de la muerta...”. ¿Por qué la repentina visita? Para despedir a la musa compartida. La noche del domingo habían estado con la española en un animado baile de carnaval, en la hoy calle de Isabel La Católica. Cuando los tres se retiraron a sus respectivos domicilios, antes de la medianoche, la prostituta María Villa, La Chiquita, despertó a su colega y rival en el burdel de Tarasquillo (hoy plaza Santos Degollado). Sacó la pistola para asesinarla.

A fin de no involucrarse en el escandaloso crimen, Contreras y Gamboa no asistieron al velorio ni concurrieron al sepelio que recorrió las calles del Centro. Es un misterio que el apunte funerario de Contreras no haya aparecido entre sus dibujos. A su vez, inspirado en La Malagueña, Federico Gamboa publicó en 1903 su lacrimógena novela Santa. Sospechosamente se la dedica a Contreras, fallecido en julio de 1902, y elimina las últimas horas de la española, así como la visita de ambos al anfiteatro del hospital Juárez.

LA MAÑANA del 16 de septiembre de 1897, Arnulfo Arroyo burló la valla militar y se acercó al presidente Porfirio Díaz. Por su osadía, enseguida fue golpeado y detenido en la octava demarcación (esquina de 5 de Febrero y Mesones). Cuando se encontraba maniatado un grupo lo linchó a cuchilladas. Horas después fue detenido el inspector Eduardo Velázquez por pedir a Antonio Villavicencio que organizara el linchamiento con policías. Al siguiente día apareció el cuerpo. El “suicidio” dio mucho de qué hablar.

En noviembre, el diario El Popular, que publicaba chismes teatrales y nota roja, dio a conocer la ilustración titulada El cadáver de Arnulfo Arroyo, firmada por Posada. Son dos imágenes donde el cuerpo aparece recostado en una delgada plancha. En el dibujo superior se ve de frente, con pinchazos en el tórax. En el de abajo, de espaldas, presenta más heridas. Sus trazos sugieren que estuvo en el antiteatro Juárez, pero en realidad se basó en fotografías del forense.

EL PINTOR Y DIBUJANTE zacatecano Julio Ruelas no dejó constancia del asesinato de La Malagueña ni de la ejecución de Arnulfo Arroyo. Pero sí del “caso Villavicencio y socios”, el corrupto y siniestro uniformado que encabezó el linchamiento. Entre 1897 y 1898 hizo ilustraciones —de lamentable humor— para la revista Mundo cómico, dirigida por su amigo, el poeta Amado Nervo.

En cambio, ante el lecho de muerte de su madre, Carmen Suárez, Ruelas hizo un apunte a lápiz sobre papel, de 12 x 16 centímetros. Se trata de un pequeño dibujo preparatorio para un aguafuerte, cuya impresión no se conoce. Apoyado en este dibujo, en 1901 pinta a su madre en un óleo de pequeña dimensiones, 13.5 x 17 centímetros.

El rostro aparece enmarcado por un negro profundo. Semeja dormir. Jorge J. Crespo de la Serna, en su Julio Ruelas en la vida y en la muerte (FCE, 1968), establece además que está “profunda y patéticamente pintado”: es una “verdadera obra maestra”. A Crespo de la Serna lo inquietó el realismo de su hechizo cadavérico, “que bien pudiera ser el de un Goya, un Rembrandt o un Sutin”.

 

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