"LA INNOVACIÓN ES LO QUE GENERA RIQUEZA, NO LOS GOBIERNOS"

Desde hace más de 40 años la historiadora y economista estadunidense Deirdre McCloskey (1942) se dedica a pensar y reformular el sistema económico. A partir de las tesis liberales promueve la importancia de la libertad como elemento detonador de innovación y, por ende, de desarrollo.

En libros como Las virtudes burguesas. Ética para la era del comercio (Fondo de Cultura Económica) y Bourgeois Dignity. Why Economics Can’t Explain the Modern World (Universidad de Chicago) sostiene la importancia de dejar hacer al individuo y de contar con gobiernos austeros que no obstaculicen el crecimiento de la gente.

De visita en México para recibir el premio Una vida por la libertad, que otorga Caminos de la Libertad, uno de los brazos del Centro Ricardo B. Salinas Pliego, la académica habló en exclusiva con Vértigo.

—En sus libros muestra información sobre el crecimiento de la riqueza en el mundo. ¿A qué se debió el despegue?

—A la libertad de la gente. Nuestros ancestros fueron servidores o esclavos, todos ellos. Nacías para ser quien ordeñaba la vaca o para ser la reina, así eran las jerarquías. Durante el siglo XVIII la gente por primera vez decidió que sería bueno tener una sociedad sin esclavos. México, por ejemplo, en el siglo XIX tuvo una Constitución liberal y comenzó a crecer. La clave para todo esto es la innovación, no la inversión, no la explotación, sino las ideas nuevas. Resultó que la gente que es libre innova.

—¿Cómo es que la humanidad dejó de ser tan pobre con relación a como lo era antes del siglo XIX?

—Los seres humanos siempre han innovado y tenido nuevas y buenas ideas, como la flecha y el arco. Todo es parte de un proceso lento. Así llegamos a inventos como los molinos para triturar maíz. A partir del siglo XIX la gente comenzó a innovar más porque era libre. ¡En todo el mundo inventaba algo! La innovación es lo que genera riqueza, no los gobiernos.

—Innovar es la clave…

—Es la clave. La innovación, no la acumulación de capital, no la explotación, sino la innovación, las nuevas ideas. No necesariamente tienen que ser ideas altamente científicas. Un ejemplo son los contenedores, que no son más que cajas grandes, es algo muy simple pero fantástico y que se le ocurrió a un hombre llamado Malcolm McLean en 1956.

Riqueza y desarrollo

—¿Por qué hay países que son muy pobres mientras que otros son muy ricos?

—Esto es porque los países pobres no permiten que la gente invente. Ustedes, los mexicanos, son muy creativos, siempre lo han sido, pero si los detienen y les imponen regulaciones no podrán crear. Piénsalo de esta manera: ¿crees que sería una buena idea que el gobierno regule el rock, el idioma español o la amistad? Sería una locura. No, es mejor dejar que la gente pruebe por sí misma. En México es más difícil iniciar un negocio que en Nueva Zelanda o en Taiwán. Mi consejo es: relájense y dejen hacer a la gente.

—Burgués es una palabra que se usa de forma negativa, ¿Por qué sucedió esto y por qué piensa usted que hay que ver a la burguesía como algo positivo?

—Cierto, pero yo prefiero usarla de la manera positiva y ligarla a la clase media. Dejar que sea este sector el que gestione sus negocios es fundamental para el mundo moderno. Si les permites comprar barato y ganar en la venta podrán crecer, generar empleos y todos saldrán beneficiados. En mi libro Leave Me Alone And I’ll Make You Rich: How the Bourgeois Deal Enriched the World desarrollo esta idea. Eso pasó en México; en 1950 los mexicanos eran más pobres de lo que son ahora y en 1800 eran extremadamente pobres. Gracias a la innovación de los mexicanos el país se ha hecho más rico de lo que era entonces.

—¿Cuál fue el papel de los comerciantes en la creación del mundo próspero en el que vivimos?

—Innovar, siempre innovar. No la acumulación de capital. Mi héroe Adam Smith comenzó con esta desafortunada idea y muchos economistas todavía aseveran que la acumulación es lo que te hace rico. No es así. Si tienes un edificio nuevo aquí, otro allá y uno más allá con rendimientos decrecientes no sirve. La innovación es la clave. Un edificio con algo diferente es lo que te permitirá hacer dinero y generar riqueza.

—En Latinoamérica los políticos normalmente hablan de dependencia, autosuficiencia y soberanía alimentaria como recetas para el desarrollo. ¿Esa fue la ruta de los países desarrollados o cuál diría usted que es la receta correcta?

—Saquen al gobierno de ahí. Impidan que los políticos sigan prometiendo riqueza, dejen que sea la gente quien la construya. Así funcionan los países más desarrollados. Si el gobierno le permite a un hombre pobre manejar un pequeño negocio de fruta, tendrá dinero para enviar a sus hijos a la escuela y a su vez ellos podrán poner sus propios comercios y mandar a sus hijos a la universidad para que sean abogados, conductores de televisión o lo que quieran. En la ruta del desarrollo la cooperación es muy importante y al gobierno le toca dejar que la gente crezca y decida.

—¿Pero la sociedad quiere vivir sin gobierno?

—Ese es el problema: la gente quiere seguir siendo tratada como un bebé. Filosofías políticas como el marxismo o el conservadurismo siguen tratando a las personas como niños. La izquierda dice “pobre persona, permíteme ayudarte”; mientras que la derecha va en la línea de “pobre mala persona, te voy a gobernar”. Los liberales no estamos en la izquierda ni en la derecha: flotamos en el aire encima de todo eso. Y decimos: “Mira, vamos a tener un gobierno más pequeño, uno que acompañe, que no sea corrupto y que no coopere con los cárteles de droga”, de los que ustedes tienen muchos.

—¿Hay un factor clave que determine la prosperidad de los países?

—Hay cosas que son necesarias. Tú y yo necesitamos pagar impuestos para costear la educación elemental de la gente pobre, es muy importante. Necesitamos pagar impuestos para financiar el sistema judicial, tal vez la policía. Aunque en México, como en mi país, hay demasiadas fuerzas policiales. Para obtener riqueza necesitas dar libertad a la gente para que innove, para que pruebe nuevas cosas. Algunos fracasarán, pero al menos lo intentaron. La gente piensa que la economía es como una familia donde el padre y la madre son los gobernantes, pero no es así. No somos niños y el gobierno no representa a nuestros padres.

—Habla de la educación, la seguridad… ¿y el sistema de salud?

—El sistema de salud puede adquirirse. Estoy dispuesta a pagar impuestos y de esta manera tener acceso a la sanidad. Pero esto no significa que deba proporcionarlo el gobierno. Sucede lo mismo con la educación. Podemos tener colegios privados; para ello todos y cada uno debemos pagar impuestos. El punto importante es que a la gente se le permita acceder a un determinado sistema de salud. Sin embargo, en México y en mi país este sector está muy regulado. Creo que liberar el sistema de salud sería menos caro.

Gobiernos austeros

—Se habla mucho de desigualdad económica. ¿Es la desigualdad un problema? ¿Cómo podemos reducirla?

—No creo que la desigualdad sea un problema. Algunos grandes futbolistas mexicanos ganan mucho dinero. Hay beisbolistas que se van a Estados Unidos y ganan cinco millones de dólares al año. Si ganan eso es porque los demás estamos dispuestos a pagar por verlos jugar. No hay nada malo en eso. Esta mañana estaba leyendo a San Pablo, el apóstol; en la Primera Carta a los Corintios, versículo 12, dice: “Tú tienes un don, todos tenemos un don que Dios nos dio”, deja que la gente negocie con ellos. Para convertirme en un cirujano necesito estudiar mucho tiempo, mientras que para ser un mesero no necesito invertir tanto tiempo. ¿Cuál es el problema si alguien hace dinero de manera honesta y sin robar? Al contrario, si lo consiguen envían una buena señal al resto de la economía y de la gente: prepárate para ser un cirujano o un beisbolista excepcional. No me preocupa la desigualdad, me preocupa que se robe y abuse de la gente, eso sí tiene que detenerse. Estoy en contra de la esclavitud y de ese tipo de pobreza.

—¿Cuál es el papel que el gobierno debe jugar en el desarrollo de la economía?

—Uno muy pequeño. Te explico. El gobierno de la Ciudad de México no sabe más que los empresarios en temas de negocios. Así que es mejor dejarlos trabajar. Si contaminan los vecindarios u obligan con gente armada a la gente para que compre sus productos, entonces sí debería detenerlos, pero solo en esos casos. Es decir, su papel es vigilar, nada más. El desarrollo no depende del gobierno. O para ponerlo más claro: el gobierno debería saber comportarse. Antes de 1978 el gobierno chino encabezado por el Partido Comunista tenía una mala política económica. La hambruna más larga en la historia del mundo tuvo lugar en China bajo el gobierno de Mao. A partir de ese año el partido se movió hacia el capitalismo, aunque yo prefiero decir que se propuso innovar, porque capitalismo es una palabra engañosa. Siguió siendo un partido comunista pero dejó que la gente se desarrollara económicamente y pasaron de generar dos dólares al día a producir 45 diarios. El cambio fue enorme. No obstante, y pese a la evidencia, le seguimos dando al gobierno más poder para regular.

—¿Por qué el libre comercio asusta a las personas si en la práctica es un factor importante para el desarrollo?

—La realidad es que la gente cree en el libre comercio. Lo ejerce en su vecindario, en su ciudad, en su país. Sin embargo, ve problemas cuando se dibujan las fronteras. Pensar que el comercio solo implica ganancia para un solo lado es una idea primitiva que funciona en el futbol, pero no en los negocios.

—¿Qué tan reales y qué tan importantes son las desigualdades sociales que tanto se denuncian hoy por hoy?

—Depende de lo que quieras decir con desigualdades sociales. En mi país tenemos un problema tremendo con el color de piel. El racismo de Estados Unidos es conocido. Pero en Ecuador el problema es entre hispanos e indios. En Francia es entre los africanos y los franceses. Hay muchas divisiones sociales que pueden tener efecto negativo en la economía. Soy liberal y estas diferencias me parecen terribles. Hay un dato que mucha gente no sabe, pero el origen de todos los seres humanos es África. El liberalismo nos dice que todos somos iguales en derechos y ante la ley, pero no en oportunidades. Seguramente haber sido educada en Harvard me da más posibilidades de desarrollo, pero eso no es lo importante: lo esencial es que el gobierno no puede ni debe impedirte trabajar o poner un negocio.

—Muchos no se cansan de decir que “el mundo nunca ha estado tan mal como hoy”. ¿Qué tan cierto es esto?

—Es una locura decir eso. Nuestros ancestros fueron indescriptiblemente pobres; los míos vinieron de Irlanda y Noruega, ganaban dos dólares al día, como los chinos antes de 1978. Estaban enfermos, mi bisabuela y mi tatarabuela murieron al dar a luz, porque era muy común que eso sucediera. Ahora prácticamente eso no pasa. Por cierto, sucede menos en México que en Estados Unidos. Hablemos de mortalidad infantil. En Bangladesh, hasta hace 20 años, necesitabas tener seis hijos para que sobrevivieran dos. Ahora la mortalidad infantil ha disminuido. El aire en México solía ser irrespirable, hoy está mucho mejor; lo mismo sucede en Los Ángeles. Todo ha mejorado, el ingreso per cápita en todo el mundo ha crecido 2 por ciento.

—Es una persona optimista…

—Soy optimista pero, como dice mi amigo Matt Ridley, de manera racional. No creo que todas las cosas son maravillosas y geniales, pero lo más fácil es caer en la irracionalidad y decir que todo es terrible. Comportamientos así nos pueden llevar al comunismo o al fascismo, porque entonces pensamos en la necesidad de matar a los indios o extranjeros, o de tener economías centralizadas. Y créeme, no necesitamos eso…

 

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