Capataces de la moral

La existencia pasada, por larga que se la imagine,

de ningún consuelo podría servirle ya trascurrida,

a un anciano de poco entendimiento

Cicerón,

en “De la vejez”

 

Leí Diálogos de la vejez y de la amistad (UNAM, 1958), de Cicerón, con traducción y notas de Agustín Millares Carlo.

Al margen de algunas de las reflexiones sobre los dos temas, algo que me dejó incómodo fue la muerte de Cicerón. Dice la página 40 que fue asesinado el 7 de diciembre del 43 a. C.: “Es condenado. Intenta huir, pero los secuaces de Antonio lo sorprenden en su quinta de Formio y lo degüellan”. Y a su cabeza, además, dicen, le hicieron cosas infamantes.

Sócrates, Séneca, Cicerón fueron muertos por el Estado. Los usaron para darse gloria, los volvieron estatuas, pero eran mejor callados, muertos. Qué cosa.

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La literatura griega (FCE, 1948), de C. M. Bowra, con traducción nada más y nada menos que de Alfonso Reyes, es un breviario que atiende los géneros, las obras y los autores más importantes y antiguos: Homero, Hesíodo, Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes, Herodoto, Tucídides, Jenofonte, Platón, Aristóteles…

Lo interesante del volumen es que Bowra revisa con prolijidad la producción literaria, dramatúrgica, filosófica, poética e histórica de su brillante nómina.

Los griegos, dice el autor (p. 11) “No escribían para las minorías o capillas de exquisitos, para las cliques, sino para la humanidad, y sabían distinguir entre lo pasajero y lo permanente. […] Ni los violentos artificios ni las redundancias eran consentidas. Cada toque había de ser preciso, cada palabra debía cumplir su exacta función”.

Dice de Herodoto (p. 102): “Reconoce que los atenienses creen que en la Acrópolis habita una enorme serpiente, pero ni lo acepta ni lo niega. Se limita a decir: ‘Todos los meses le ofrecen un pastel de miel, como si realmente existiera’ ”.

En su conclusión afirma que (p. 202) “aquellas palabras conservan aún toda su juventud; aquellos pensamientos, todo su vigor. ¿Cómo lo lograron los griegos? No lo sabemos. Por algo eran los griegos”. 

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Hegel. La historia es un proceso cuyo fin es la libertad (RBA, 2019), de Sergio Mas, analiza la vida y la obra de este pensador, en cuya obra fundamental, La fenomenología del espíritu, dice que (p. 70) “producirse, hacerse objeto de sí mismo, saber de sí es la tarea del espíritu”.

Mas explica que a Hegel le parecía que la razón y su uso no eran separables (como lo presupone Descartes es su “Pienso, luego existo”). Abunda (p. 70): “Hegel atacó esa perspectiva, explícita en el Discurso del método de Descartes, donde se concibe la razón como un medio para conocer la realidad. Frente a esta separación entre razón y realidad, y también contra la separación entre el lenguaje y la realidad, Hegel negó la idea de reducir la lengua y la razón, el logos, a una herramienta con la que accederíamos a una realidad independiente de esta”.

Me gusta cómo resume Mas la historia del concepto alienación. Dice (pp. 110-111): “Rosseau introdujo el término ‘alienación’ como exteriorización en otro ajeno, en la voluntad general de aquello que es interno. Y tomó este concepto de alienación del lenguaje jurídico, pues podemos renunciar a unos bienes y también renunciar a nuestros impulsos en aras de un bien superior”.

“Hegel lo utilizó en varios sentidos: […] La alienación voluntaria, que está implícita en la construcción de la voluntad general”, es decir, en cómo la realidad social se vuelve algo externo. [Hegel habló también, incluso, de la alienación del espíritu.]

Marx lo retomó y se refirió a él como el proceso por medio del cual “el trabajador ve como el producto de su trabajo se convierte en algo exterior y ajeno a él”.

Dice Hegel en Lecciones sobre la filosofía de la historia universal (p. 126): “El entero género humano es el capataz del mundo moral”.

Escribió muchísimo. Dice Mas (p. 150): “Hegel falleció el 14 de noviembre de 1831, víctima de la epidemia de cólera cernida sobre Berlín. […] A partir de 1832 y hasta 1840, sus discípulos recopilaron todo el material lectivo legado por el maestro, toneladas de apuntes que dieron para cuarenta densos tomos de obras originales”.

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Leo en uno de mis lectores electrónicos Disfraces, de Ezra Pound, de donde cito líneas que me gustaron y que no corto para que el ojo trascurra sin interrupciones.

No resultan muchas de sus ideas, para estos tiempos, correctas políticamente. Dice, por ejemplo, en “Famam librosque cano”: “Esos pequeños críos de conejo a los que algunos llaman niños”

En ese mismo poema dice algo que me encantó: “A un libro se le conoce conociendo a quienes lo leen”.

En “Sextina: Altaforte”, un poema que proclama la guerra, la lucha sangrienta, no la paz: “¡Bah! ¡No hay vino como la sangre carmesí”.

En “Silet” se va en contra de sí mismo: “¿Por qué tenemos que perder el tiempo con mis pensamientos?”.

Dice en “El desván”: “Recuerda que los ricos tienen mayordomos en vez de amigos”.

En “La isla del lago” pide, en una oración, establecerse “en cualquier profesión que no sea esta maldita profesión de escritor, en donde se necesita devanarse en los sesos todo el tiempo”.

Es linda la idea que subyace en el deseo de “La mujer del mercader del río: una carta”: “Deseaba que mi polvo se mezclara con el tuyo para siempre”.

En “Carta del exiliado” relata cómo la persona a quien le escribe anduvo por “caminos retorcidos como tripas de oveja”.

 

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