Voces superpuestas. Una entrevista a María Paz Guerrero

Dice María Paz Guerrero que un poema es una sábana para tapar muchas cosas. Sus poemas cubren el mundo. Este momento del mundo, en el Cono Sur. Sus poemas nos acercan a lo crudo y duro de la vida, a mujeres trabajadoras acosadas en el bus, a las ambiciones de la gente en la ciudad, a la violencia en el campo, a la pobreza y el desplazamiento, al habla, al lenguaje; pero también a la belleza, que busca palabras para regarlas en la página.

La poesía de María Paz Guerrero nos sacude, nos desacomoda. Es necesaria como son necesarios los accidentes inesperados que nos confirman la importancia de lo fugaz. Es una poesía que nos sacude porque toma riesgos, de ahí que sea fácil decir que es experimental; aunque esto último sea un error, porque toda literatura buena es siempre, en la superficie o en el fondo. Un experimento con las palabras y la verdad. 

Para quien lee poesía, es común pensar en una poeta y establecer vínculos. Leer a María Paz Guerrero es recordar a diferentes poetas que hacen de la hoja en blanco un territorio de acción: no solo es importante lo que se dice, también cómo se dice. Y lo que se dice hace que lectoras y lectores sientan la vitalidad de las palabras. María Paz hace pensar en poetas como la brasileña Ana Cristina Cesar, la argentina Susana Thénon, la norteamericana Jorie Graham, la venezolana María Auxiliadora Álvarez…

Además de una de las más sobresalientes poetas del interesante panorama de la poesía actual en Colombia, Guerrero también es profesora de escritura creativa en la Universidad Central. Nació en Bogotá en 1982. Estudió Literatura en la Universidad de Los Andes y un posgrado en Literatura Comparada en la Universidad de la Sorbonne-Nouvelle Paris 3. Ha publicado los libros Dios también es una perra (2018) y Los analfabetas (2020). Sus poemas han aparecido en las antologías Moradas interiores (2016) y Pájaros de sombra. Diecisiete poetas colombianas (2019), esta última preparada por la poeta Andrea Cote para la editorial española Vaso Roto.

En esta entrevista, nos acercamos al mundo de una poeta que camina sobre los bordes. Como en algunos de sus poemas, las respuestas de María Paz Guerrero son lacónicas, muy concretas: no dicen más de lo que hay que decir. Todo lo que se dice está al límite. 

Jorge Luis Argáez: ¿A qué edad empezaste a escribir y sobre qué escribías?

María Paz Guerrero: Empecé a escribir, como a los 10 años, pequeñas narraciones fantásticas.

J L A: Antes de que publicaras tu primer libro, tus poemas aparecieron antologados en el libro Moradas Interiores (2016). En relación con la escritura de las otras poetas, ¿Encontraste algún rasgo común? ¿Cómo fue la experiencia de edición y de compartir este libro?

M P G: La elección estuvo a cargo de los poetas y profesores de literatura de la Universidad Javeriana Jorge Cadavid y Juan Felipe Robledo, que dirigen la colección de poesía de la Universidad Javeriana. En el lanzamiento del libro conocí a María Gómez Lara y a Amalia Moreno. A Tania Ganitsky la conocí después.

Nos une una conciencia del lenguaje poético. Creo que somos lectoras atentas, agudas, osadas. Es la primera vez que salieron publicados poemas míos. 

J L A: El centro de estos poemas, a pesar de tener una huella biográfica, se concentra en personajes y situaciones que alguien observa. ¿Nos podrías contar cómo trabajaste esos poemas?

M P G: En estos poemas trabajo la imagen como si fueran fotos. Aparecen metáforas, pero cada vez más desdibujadas. Quiero capturar las cosas como se ven, en su superficie.

J L A: ¿Han cambiado esos modos de trabajar tu poesía?

M P G: Me interesa también ampliar el verso, como un larguísimo espagueti o cortarlo con tijeras y cuchillos, teniendo la conciencia de la enunciación, siempre. Ahora estoy arrancándole una forma a algo que es inmenso y acuoso. Se va muy ciego, luego se escucha, en silencio total, lo que va apareciendo. Toca crear ese lugar de silencio.

J L A: ¿Qué consideras esencial para enfrentarse a la escritura? ¿Tienes algún hábito o ritual que necesites para escribir?

M P G: Es esencial para mí haber leído poesía, haberme llenado de voces que después olvido. También es necesario haber acumulado una concentración de sentido en las experiencias de la vida. Me gusta escribir escuchando música a todo volumen, algunas veces.

J L A: Luego publicaste, en la Revista Otro Páramo, una serie de poemas que disparan algunos temas que retomaste más adelante, ¿Esos poemas hacían parte de algún proyecto en especial?

M P G: Los poemas de Moradas Interiores y los de Otro Páramo conforman el que sería mi primer poemario titulado Toda tierra arde, que nunca salió publicado como libro. Cuando me pidieron una selección de poemas para la revista Otro Páramo, busqué la otra parte del libro que ya había publicado en Moradas Interiores.

J L A: En un poema de esa selección escribiste: “Quiere ser bobo / hablar como asno, mula de carga / quiere ser este que es ahora: / uno más cercano. / ¿A qué suena su infancia? / a tienda, martillos.” ¿A qué suena tu infancia?

M P G: Mi infancia suena a muchos tipos de voces que se van superponiendo en una tela inmensa.

J L A: En una entrevista, dijiste haber crecido en medio de dos bibliotecas, la de tu madre y la de tu padre, ¿Cómo eran esas bibliotecas y qué recuerdos tienes de cada una?

M P G: La biblioteca de la casa de mi mamá era expansiva, se alargaba a lo ancho de las paredes. Un día descubrí la sección de poesía sin saber que esos libros contenían un género literario que se llamaba poesía. La de mi papá se extendía en altitud, había libros hasta en las estanterías de la cocina. Crecí mirando los lomos de los libros. 

J L A: Y tu biblioteca ¿Cómo está organizada y cuáles son tus libros y secciones favoritas?

M P G: Tengo una biblioteca en mi estudio que tiene los libros de trabajo, es una biblioteca que está en movimiento porque contiene los materiales de mis clases. Hay ensayo, poesía latinoamericana y poesía francesa del siglo XIX y XX.

Luego, en esa misma biblioteca, tengo los libros del doctorado que estoy haciendo, ahí está la obra completa de Antonin Artaud, libros de crítica, algunos de estética y antologías de poesía latinoamericana.

Otra biblioteca es de poesía. En algunos lugares está ordenada por regiones geográficas, muchos son de poesía colombiana.

Hay otra biblioteca que tiene libros de narrativa, sobre todo de comienzos del siglo XX; y los libros de arte, catálogos de exposiciones, ediciones especiales, como una del Quijote que era de mis abuelos, con ilustraciones.

En mi mesa de noche, acumulo libros que quiero leer: Marguerite Duras, Margo Glantz, Siri Husvedt, Annie Ernaux, Herta Muller.

J L A: De tu biblioteca de poesía colombiana, ¿qué autores o ediciones especiales son tus favoritos?

M P G: Tengo varias ediciones de la poesía de José Manuel Arango, los dos volúmenes del Caro y Cuervo: el primero que corresponde a su poesía y el segundo, Prosas, en donde está su obra crítica, que es una maravilla. Tengo su poesía completa en la edición de la Universidad de Antioquia y la de Sibila, y la primera edición de Este lugar de la noche. En cuanto a las revistas que codirigió, tengo algunos números de Deshora y la compilación de la revista Acuarimántima que sacó EAFIT. Tengo un libro que editó su gran amigo, El Hamaquero, de traducciones que hizo de Emily Dickinson. También tengo la edición de Norma de sus traducciones de Walt Withman, Emily Dickinson y William Carlos Williams, en la colección de Cara y Cruz.

Por otro lado, tengo la obra completa del poeta Jorge Cadavid. Y ahora va creciendo una sección de poesía joven que ha salido en editoriales independientes, son objetos curados con mucha delicadeza y con voces contemporáneas muy interesantes.

J L A: ¿Y cuáles son los libros que más has regalado?

M P G: Morada al Sur de Aurelio Arturo. Pedro Páramo de Juan Rulfo. La luz difícil de Tomás González.

J L A: Para el 2018, apareció tu primer libro, Dios también es una perra. ¿Qué libros te acompañaron en la escritura de los poemas?

M P G: Toda la obra de Arthur Rimbaud me acompañó en la escritura de Dios también es una perra, sobre todo Una temporada en el infierno. Tal vez de ahí sale la noción de un poema largo en prosa totalizante. También me acompañó el horror luminoso de Las flores del mal de Baudelaire.

J L A: Hablemos de eso. El libro se compone de un poema largo, en el que está todo o casi todo, y unos poemas breves donde se asoma o se cuenta algo. ¿En qué momento sentiste que esos poemas podrían armar un libro?

M P G: Muy rápidamente sentí que esos poemas eran un libro porque compartían un universo-perra que me interesaba explorar.

El primer poema lo escribí con la conciencia de su unidad, yo sabía que no lo iba a fragmentar, que era un único texto largo. Los poemas de la segunda parte los estaba escribiendo en esa misma época por lo que hay elementos comunes como la animalidad y la ciudad. En los poemas cortos de la segunda parte, me interesaba trabajar una dicción de la corporalidad que en la primera parte está vinculada a la figura del dios perra. Para mí, la segunda parte es un eco de la primera. Por eso le insistí al traductor que no se trataba de traducir únicamente el primer poema del libro.

J L A: “dios tiene que escribir 15 páginas de poesía / está en la página 40 / y todavía le faltan al menos 15 / si dios completa 55 páginas / dios puede publicar” ¿Este dios / poeta se parece a ti? ¿Cuáles son los temas del oficio o de la poesía como género literario que más te interesan?

M P G: Yo creo que esos versos que estás citando tienen que ver con una conciencia del acto de escritura que apunta a la posibilidad del escribir-vivir. Ese dios poeta está escrito a partir de un lenguaje que trabajé en su momento, la biografía personal. ¿ Ese sería el parecido? Es diferente de la escritura poética.

El oficio de la poesía como género literario me interesa abordarlo como creación de lenguaje. Es interesante pensar el género literario para ver sus límites, sus resquebrajaduras. Me interesa encontrar textos poéticos en las cartas, en las narraciones, en los libros de poesía, en las consignas de las protestas, en las conversaciones de las personas, en los pregones.

J L A: “uno batalla por tener una idea / es la lucha de uno // uno es su idea y lo que su cuerpo alcanza a darle / uno es la medida de su cuerpo” ¿Qué debe tener un poema tuyo para ser publicado o compartido?

M P G: El lenguaje poético es una forma de pensar que aloja el cuerpo.

Para que un poema mío sea publicado, debe tener una lengua que vive por sí sola, que actúa independiente, que sabe conseguir el pan de cada día.

J L A: ¿Hasta dónde la poesía se sostiene solo por las ideas?

M P G:  Te voy a responder con Antonin Artaud. Él es considerado un teórico del teatro por El Teatro y su Doble, pero también se le conoce por su poemario El pesa-nervios. Su obra me interesa porque propone la escritura como un gesto de pensamiento. Al acercarse a la totalidad de su producción, se puede ver que la división por géneros se diluye, entre otras, porque abarca cuadernos de notas, dibujos y la correspondencia. Artaud buscó, desde el inicio, que la literatura le dé un lugar de pensamiento. Por eso su poesía está en tensión permanente con la posibilidad del pensamiento, con la manera como este aparece y sobre todo con su imposibilidad. Con Artaud, puedo pensar más allá de la división de ideas y razón, o de poesía y cuerpo.

J L A: Este libro ha inspirado a algunas artistas para realizar actos o sesiones donde tu voz o tu poesía desencadena el trabajo con el cuerpo o el sonido.      ¿Encuentras alguna similitud entre la poesía y esos lenguajes?

M P G: Es una dicha trabajar con artistas, porque se relacionan con los poemas desde la creación y no a partir de definiciones prefiguradas del género poético. Se tratan asuntos plásticos como el movimiento, en el caso de la bailarina Hilse León, o el ritmo en el caso de la artista sonora Diana Restrepo, o el trazo y la imagen en el caso de la artista plástica Alejandra Hernández. Yo quisiera poder estar en contacto con artistas que están en la práctica de modelar la forma.

J L A: El libro se lo dedicas a Roberto Burgos Cantor, a su memoria. ¿Qué recuerdos conservas de él? ¿Qué nos recomiendas de su obra?

M P G: De Roberto Burgos Cantor conservo el recuerdo de su escucha. Es decir, de estar presente, de verdad, en cada encuentro. Algo que no sucede, pero que él lo hacía, siempre y con todas las personas, sin distinción: con el celador, con el amigo, con su equipo de trabajo. Recomiendo Lo Amador, es un libro de cuentos que son pura poesía.

J L A: Respecto al libro que se tradujo recientemente al inglés con la editorial Ugly Duckling Presse, ¿qué cercanía tienes con la poesía en esa lengua? ¿Acompañaste al traductor en este proceso?

M P G: Mi relación con la poesía en inglés se da a través de las traducciones que hizo José Manuel Arango de Walt Whitman, Emily Dickinson y William Carlos Williams. Con Camilo Roldán nos reunimos en varias ocasiones para conversar sobre los significados de ciertas expresiones. Ahora bien, como Camilo es poeta, escribe poesía en ambos idiomas y vive en Colombia hace unos años, tenía una claridad impresionante del texto.

J L A: A propósito de José Manuel Arango, uno de tus trabajos en la maestría se centra en su obra y, para culminar el pregrado, escribiste sobre César Vallejo, ¿Qué te interesa de ellos y qué influencia reconoces en lo que hoy escribes?

M P G: Con José Manuel Arango descubrí el mundo material, me dejó de dar miedo escribir las cosas como las digo en mi vida cotidiana, me apropié de los objetos concretos del día      a día, de los movimientos ínfimos, de la vibración de las cosas. Con César Vallejo aprendí todo. Es decir, aprendí un español nuevo y descuajado. Es mi español de base.

J L A: De los años de universidad en Bogotá y en París, ¿qué experiencias o situaciones definieron o le aportaron a tu vocación literaria?

M P G: Yo estuve en una cohorte de literatura en Los Andes en la que tuve poquísimos profesores formados en los doctorados norteamericanos. El texto literario era el objeto de estudio central en las clases, luego venía la crítica. En la academia adquirí una formación literaria.

Vivir en París me sirvió para acceder a una lectura de poetas que quisieron estallar el sistema cartesiano desde el lenguaje poético. Para mí, fue decisivo que tanto en el pregrado en literatura como en la maestría en París me dijeran de todas las formas posibles, incluso sin decirlo, que no era posible ser escritor. Eso fue decisivo porque escribir, de todas maneras era perder. Ese punto de partida de fracaso me dio mucha fuerza para hacerlo.

J L A: Eres docente en un pregrado y una maestría que promueve el ejercicio de la escritura como acto creativo. En tus clases, ¿qué ejercicio o ideas son fundamentales para enfrentar la creación literaria?

M P G: Yo trabajo la lectura de poesía como un proceso lento y minucioso. Luego vienen ejercicios que den mucha libertad para desplegar el lenguaje.

J L A: Cercana al nacimiento de muchas obras, ¿cómo ves la literatura colombiana que se proyecta en tus clases y laboratorios de escritura?

M P G: Veo un interés por darle voz a los diferentes cuerpos de nuestra sociedad y, en particular, a la relación de la mujer con el abuso sexual. También hay una exploración de una erótica no binaria. De igual manera aparece la relación con el entorno, las raíces campesinas en los personajes de los abuelos, la escasez y, finalmente, la violencia política. También se construyen relatos a partir de la casa con sus objetos específicos, la familia, el barrio y el lenguaje coloquial. Noto una identificación con metáforas del silencio, el vacío y la noche.

J L A: En tu contexto académico, “La Generación sin Nombre. Una antología”      es un libro que recoge un grupo considerable de poetas colombianos nacidos en los años 40 y 50. ¿Cómo se concretó esta idea de revisión de un momento tan destacado en la poesía colombiana?

M P G: El director del departamento de Creación Literaria de la Universidad Central, Roberto Burgos Cantor, me dio la lista de los integrantes. Me dijo que quería que fuera un proyecto del departamento que renovara la lectura de esa generación. Yo armé un equipo de asistentes de investigación con exalumnos de Creación Literaria. Leímos la totalidad de la obra de cada uno de los poetas que aparecen en la antología. El criterio de selección de los poemas responde a la necesidad de hacer una antología desde y para la Creación. Esto se explica en el prólogo de La generación sin nombre. Una antología.

J L A: Comparado con otro libro que antologa a esta misma generación, tu antología rescata unos nombres y deja de lado a otros. ¿Qué metodología o estrategia empleaste para la selección de los autores y de los poemas?

M P G: Primero leí la obra completa de los autores y armé un criterio de selección en función de cómo sonaban esos poemas en su conjunto, qué ritmo había en la selección y qué imágenes se exploraban.  El criterio se iba construyendo en la medida en que iba leyendo la obra completa.  Me interesaba identificar los poemas más extraños en poetas ya conocidos, o los poemas que potenciaran una voz poética poco conocida. En algunos casos dejé de lado facetas enteras de los autores. No se trataba de una selección que diera cuenta de la totalidad de la obra del autor. Se trataba de armar núcleos de sentido poético.

Después, estudiaba el archivo que me entregaban mis asistentes de investigación y ahí hacía una comparación entre mi lectura y la que ya se había hecho del autor, tanto en la crítica como en los prólogos y en las antologías de su obra. Para los autores más conocidos de la antología hay una tendencia, y es que se renovó, hasta donde se pudo, la mirada tradicional de la obra. Digo “hasta donde se pudo” porque hubo autores que, una vez conocieron la lista de sus poemas seleccionados, me pidieron que la cambiara por los que siempre aparecen en las antologías. Me tocó ceder.

Luego, la filósofa Adriana Urrea me dio la imagen del archipiélago. Entonces, escribí el prólogo en el que la Generación sin Nombre es un archipiélago de islas y cada isla es un poeta y a cada uno le corresponde una imagen con la que se puede construir lenguaje.

J L A: Solo hay dos poetas mujeres, ¿Qué sucedía en esa época con la poesía escrita por mujeres?

M P G: No te puedo decir por una razón: el tiempo de elaboración de la antología fue tan escaso, que solo tuve tiempo de hacer una inmersión en la obra completa de los nombres que Roberto Burgos me dio.

J L A: En algunos videos te hemos visto leer o hablar de poetas como Blanca Varela y Ana Cristina César. ¿Qué te interesa de ellas y que nos recomiendas de sus obras?

M P G: De Ana Cristina César me interesa su ferocidad. Su obra está dispersa en varias antologías en español. Es una poeta que murió a los 31 años y parte de su producción está construida con la técnica del montaje.

De Blanca Varela leí Canto Villano, editado por el Fondo de Cultura Económica. Me interesa mucho el uso del oxímoron en su obra, también el ritmo de los versos cortados, la materialidad del lenguaje, las palabras que suenan raro unas al lado de las otras. Leerla es como leer un texto nuevo, cada vez. Es inagotable.

J L A: Pasemos ahora a tu segundo libro. Los analfabetas es un libro, en esencia, visual. Desde los colores hasta la tipografía, el libro nos propone una manera de hacer y leer poesía. ¿Esta idea estuvo durante o después de la escritura de los poemas? ¿Cómo surgió?

M P G: Cuando La Jaula me explicó el proyecto —querían que el texto dialogara con un artista— yo releí el poemario y lo trabajé hacia lo visual. Una vez Alejandra Hernández entregó sus dibujos, el equipo editorial de La Jaula hizo la edición.           Ellos decidieron los colores de los papeles, las tintas y el lugar en donde iban los dibujos.

J L A: Es muy difícil definir este libro. Uno a veces siente voces, situaciones, momentos donde está presente el analfabetismo, la situación social de los estratos bajos, de la vida en el campo… ¿Qué intención o ideas buscabas con este poemario?

M P G: Explorar una lengua cortada, pero con machete, a partir de una serie de imágenes muy violentas.

J L A: ¿Cómo trabajaron las ilustraciones del libro?

M P G: La Jaula leyó mi propuesta de poemario, luego buscaron a Alejandra Hernández porque consideraron que su trabajo podía dialogar muy bien con el tipo de poesía que yo estaba escribiendo. A Alejandra le pidieron que hiciera dibujos a partir de su lectura del poemario. Le dijeron que no se trataba de ilustrar los poemas, sino de propiciar un diálogo.

J L A: El libro nos habla del analfabetismo, pero también de la violencia.      ¿Existe para ti una “Poesía de la violencia”?

M P G: Me interesa mucho la poesía que violenta el lenguaje, que lo deforma, que lo lleva al límite. Ese tipo de trabajo sobre el lenguaje puede darse de múltiples maneras: socavando la sintaxis, con parodia, deformando la linealidad hacia lo visual.

J L A: En Colombia, ¿qué autores consideras destacados en este tema?    

M P G: Sé que las obras de Juan Manuel Roca, Álvaro Miranda y Mery Yolanda Sánchez son tutelares en el tema de la violencia, también el libro Conversación a oscuras de Horacio Benavides. Hay poetas que han tratado el tema. No en toda su obra, pero sí en una parte; como José Manuel Arango, Piedad Bonnet, María Mercedes Carranza, Juan Gustavo Cobo Borda. Recientemente, encontramos voces como la de Camila Charry, Michael Benítez Ortiz, o Damián Salguero.

J L A: ¿Cómo observas la poesía actualmente, en el contexto colombiano, cuando la posición política de las/los poetas es pública por las redes sociales? ¿Qué opinas de ese tipo de poesía comprometida con la realidad en tiempos de crisis social? 

M P G: Pienso que la poesía es política en la medida en que está interrogando la relación con el lenguaje que es, en gran medida, lo que ordena nuestra realidad. Las redes sociales permiten generar comunidades de pensamiento y hay poetas que las usan en esa línea. También aparecen poemas recién escritos, ligados a la situación política del paro y leídos en recitales: esos gestos son importantes porque configuran la multiplicidad del escenario de voces que reclaman, le dan más matices al debate, lo nutren.

J L A: Tus poemas aparecen en la antología Pájaros de sombra, realizada por la poeta Andrea Cote. En relación a ese grupo de poetas, ¿qué líneas o temas consideras que se destacan en el libro?

M P G: En este libro hay unas voces que construyen un lugar donde lo humano vacila de múltiples maneras. Hay escenarios míticos que revelan las posibilidades de un mundo en el que ya no hay humanos, o muy pocos. Un futuro despoblado de hombres en el que el lenguaje sigue girando.

La sintaxis dislocada permite desestabilizar la identidad de lo animal. Se agolpan las enunciaciones. La materia, los objetos, todo lo concreto tiende a la pregunta estética. La naturaleza se fermenta y deja ver el ciclo vital, mientras que los ritmos se trastocan.

También encontramos poemas que son como surtidores de imágenes que configuran un espacio previo a la llegada del signo. Todo está abierto. Es decir, aquello que se nombra muta irresistiblemente por medio de imágenes extrañas y surreales.

Hay, además, la capacidad de síntesis y de violencia en el tema de las relaciones siempre tratadas con crudeza y, a veces, con dureza. Aparece el ritmo lírico contemporáneo lleno de rupturas. 

Los poemas dejan ver la pregunta por la llegada a la forma, a manera de metapoética. Se preguntan por el estatuto del lenguaje, del poema, de la palabra, de la sílaba a partir de imágenes recurrentes de pájaros, huesos y el fuego: siempre aparece el fuego, declinado  en cada una de las voces. Pájaros de fuego.

J L A: ¿Qué poetas crees que hicieron falta para un segundo volumen?

M P G: Muchas, efectivamente habría un segundo tomo. Pero no quiero dejar de citar a ninguna.

J L A: El año pasado, fuiste invitada al Aula Virtual de la Facultad de Artes y Humanidades de la Universidad de los Andes y ahí leíste un largo poema. ¿Es el comienzo de otro libro? ¿En qué te encuentras trabajando?

M P G: Exactamente. Es un nuevo libro que viene en camino.

PREGUNTAS RÁPIDAS

1. Un libro de poesía colombiana: Cantiga de José Manuel Arango.

2. Un libro de poesía latinoamericana: Canto Villano (FCE), de Blanca Varela.

3. Un verso que recuerdes: el verde es de todos los colores.

4. Un libro que visites con frecuencia: El Pesa-nervios de Antonin Artaud

5. Una película favorita: Patterson de Jim Jarmusch.

6. Una pintura: La obra de Cy Twombly

7. Una canción: “Arroz con habichuela”, El Gran Combo de Puerto Rico.

 

 

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