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y las lágrimas de las cosas
Vibró el teléfono. El avión también lo hizo debido a una turbulencia. Jeannette L. Clariond (Chihuahua, 1948) volaba a Houston en compañía de su familia, ciudad donde su esposo se trata ante el cáncer de pulmón que padece. El mensaje provenía de las autoridades culturales de Torreón: la poeta resultó ganadora del Concurso Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa 2020 por su obra.
La vibración se mudó a su espíritu y entre la rendija de los asientos notificó a los suyos.
"Fue una emoción muy grande, es lo que te balancea en medio de las tribulaciones de la propia vida. Cuando te dicen que la poesía te salva parece una exageración, pero no lo es".
En el patio sur del Colegio Civil de Monterrey se efectúa la feria literaria de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL). Son vísperas del Día Mundial de la Poesía. La fundadora de la editorial Vaso Roto imparte una plática a jóvenes preparatorianos y presenta su poemario
(Art Solido, 2021). Micrófono en mano, comienza a hablar de la infancia. Las imágenes casi desbordan sus ojos cafés cuando se percata de que habla de ella misma.
Virgilio relata en
que Eneas también se llenó de lágrimas cuando observó las escenas de la Guerra de Troya: el rey Príamo, el príncipe Héctor y hasta él mismo, plasmados en un templo de Cartago. De pronto, el troyano se irguió y ante su acompañante Acates exclamó el verso:
La pintura es poesía que habla, canta el poeta griego Simónides. En las lágrimas de los humanos hay mucho pasado, escribe el francés Pascal Quignard.
El evento concluye. Jeannette firma algunos libros y luego se dirige a la cafetería. Toma asiento. El tiempo corre en el reloj de su mano izquierda, donde el brillo de su fe cuelga en forma de cruz. Solicita que se la tutee, considera que el "usted" marca una barrera entre las personas. Empieza a narrar el vuelo a Houston. Otra turbulencia sacude su garganta. Corta. El covid le heredó una tos que la interrumpe.
La maestra carga ejemplares de sus libros
(Cuadrivio, 2021) y Sobre la fronda y la medida. En su bolso resguarda una libreta negra. Sabe que la poesía le pertenece al instante: "Tu realidad está conformada por pequeños instantes que van a hilvanar tu vida", por eso procura anotar los versos que la invaden antes de que desaparezcan, como si cada instante le otorgara un autógrafo.
Una libreta similar la acompañó en 2006, en su viaje a Tiro y Sidón, en Líbano, la tierra de sus antepasados. Esas ciudades fenicias son citadas por Herodoto y los profetas de La Biblia. Pero allí, en las piedras de los templos, en las ruinas milenarias, no escuchó a los suyos, escuchó el silencio, mientras una hoja de periódico iba y venía sobre el mar Mediterráneo, sin desprenderse de la orilla.
"Esa gran metáfora de despegarte un poco de la orilla, avanzar, navegar en esas aguas someras y luego regresar, creo que es nuestra gran función en la vida".
Como en su viaje, Jeannette se desprende de la orilla del presente para volver al pasado. Se contempla en Chihuahua, en su niñez, cuando descubrió su don poético al declamar "Nocturno a Rosario", del coahuilense Manuel Acuña. Ve a su abuela sentada en el zaguán de Mina 1004, incapaz de entender su lengua árabe, en una tarde soleada de marzo.
Comenta que quizá por esa barrera del lenguaje se hizo traductora. Su abuela murió en un incendio: quiso avisar que se había derramado el petróleo sobre el pasillo, pero la persona que la cuidaba no le entendió. En
a (Fondo de Cultura Económica, 2013), Jeannette narra que tenía diez años cuando el féretro fue colocado en la sala; desde entonces la tristeza invadió a su familia. El dolor de su abuela, de su madre y de ella misma, está plasmado en el poema "Mina 1004", el cual tardó más de cuarenta años en escribir: "Nos cuesta mucho nombrar el dolor".
No hay buena ni mala poesía; la poesía es poesía o no lo es. Jeannette vio también el dolor en los ojos de su madre, pero nunca lo entendió. "Ella se convertía en una puerta de cedro". Siempre le ocultó la razón de sus tristezas. Al igual que la poesía de Anne Carson, poeta canadiense a quien ha traducido desde el año 2000, la presencia de la madre en su obra es notoria.
Tener como madre a una diosa fue lo que salvó a Eneas cuando Troya ardió. El héroe cargó en hombros a su padre inválido y, junto a otros troyanos, partió en la incertidumbre del exilio. Los antepasados de Jeannette L. Clariond también huyeron de una guerra. Dejaron las playas de Líbano tras el conflicto contra los otomanos a finales del siglo XIX. Se hicieron a la mar como sus ancestros fenicios: "Navegamos madre en un océano sin barcos", dice un verso de Anne Carson. Llegaron a Veracruz. México era una bomba de tiempo. Se trasladaron en tren a Chihuahua, cuyo paisaje les recordaba a la ciudad libanesa de Douma.
La poeta no se considera buena para responder preguntas. Omite la precisión, se mueve en la incertidumbre. Advierte que debe capacitarse de continuo para soportar la duda, que su familia se unió ante el dolor de dejar su tierra, que la tristeza heredada a su madre ahora reside en sus ojos. Los versos de
(que ha publicado New York Poetry Press) son la reconstrucción de ruinas familiares, piedras que hablan silencio cuando no se sabe qué contestar: "La poesía, bien lo dijo Octavio Paz, es una larga pregunta sin respuesta".